Es innegable que el materialismo, el ateísmo y el positivismo, que es un ateísmo disimulado y vergonzante, florecen demasiado en el día, pero los positivistas y ateos se engañan en imaginar que el mundo es ya de ellos, y que esta edad es la de la razón, y que la de la fe pasó para siempre.
Yo creo que estamos en plena edad de fe, y que, si el perderla implicase progreso, de poco progreso podríamos jactarnos.
Todavía, á mediados de este siglo, en 1847, ha aparecido en Persia una religión nueva que ha hecho correr la sangre á ríos, y ha dado al mundo millares de mártires. La moral de esta religión es purísima y dulce; sus libros sagrados, muy poéticos; su creencia y su amor en Dios y á Dios, profundos. El Conde de Gobineau y el Sr. Franck, del Instituto de Francia, han expuesto su doctrina y escrito la historia de esta religión reciente, el babismo, cuyo dogma capital es la encarnación perpetua de Dios en diez y nueve personas.
Se me dirá que esto ocurre en Persia, que es tierra de bárbaros; pero que en la culta Europa y en las otras regiones, por donde su civilización se ha difundido, no caben ya semejantes delirios.
Nada más arbitrario que tal suposición. En pocas edades han aparecido más profetas y fundadores de religiones que en el día. Básteme citar al conde de Saint-Simón, á los polacos Wronski y Towianski, á los yankees Channing, Parker y José Smith, y al francés Hipólito Rodríguez, sin duda israelita de origen, que aspira á crear la religión universal y definitiva, combinando y reconciliando las tres hijas de la Biblia, las religiones de Moisés, Cristo y Mahoma, é interpretando con piedad profunda el apólogo famoso de Natán el Sabio.
Harto sé que se me dirá que todos estos flamantes profetas estaban locos de atar; pero veamos, por otra parte, cómo sigue reinando el espíritu religioso, y habrá que decirme que está loco todo el humano linaje, ó habrá que confesar que la religión, la fe y la creencia en Dios son indestructibles.
No voy á citar á ningún Padre de la Iglesia, ni á ningún apologista católico, sino al Sr. Vacherot, el cual entiende que Dios no existe sino en nuestra mente, que es nuestra hechura, y que desaparecerá con nosotros. Dios, sin embargo, para el Sr. Vacherot, está muy lejos de desaparecer.
En su libro La religión, presume este autor que la religión pasará; que el linaje humano dará al cabo el salto progresivo del estado religioso al estado científico; pero ¿quién sabe? El día en que se dé este salto, está aún á millares de años de nosotros.
Mis libros están tan en desorden, que he andado media hora buscando uno muy divertido para citársele á usted con exactitud (á este propósito), y no he podido hallarle. Sea todo por Dios. Es este libro de un sabio francés, no recuerdo el nombre, el cual asegura que La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún. Para este señor, el Sér Supremo de Augusto Comte es un Dios nonato. La Humanidad, según sus cálculos, nacerá dentro de catorce mil años, si mal no recuerdo. Compaginando esto ahora con lo que dice Vacherot sobre el salto del estado religioso al científico, me atrevo á prever que el tal salto no se hará hasta dentro de los mencionados catorce mil años.
Por lo pronto tenemos á casi todos los hombres aferradísimos á la religión, y, por consiguiente, incapaces de elevarse á la vida colectiva.