«Si tendemos la vista, dice Vacherot, por el inmenso imperio de las religiones, en pleno siglo XIX, este espectáculo desanimará á los librepensadores, que esperan ó creen llegado el reino de la razón en nuestro planeta, y tranquilizará á los creyentes, asustados con las conquistas de la incredulidad, en los tres últimos siglos.»

En efecto: Vacherot echa sus cuentas, tomando los datos del primer libro de Geografía ó de Estadística que tiene en casa, y resulta que de mil doscientos millones de seres humanos, que pueblan el mundo, casi todos profesan alguna religión. Hay centenares de millones de cristianos, de budistas y de muslimes; y, lo que es más de lamentar para los filósofos, hasta las más antiguas supersticiones, sectas y religiones semiselváticas, persisten aún. El fetichismo y el chamanismo conservan millones de sectarios.

¿Dónde está, pues, esa mentalidad, propia de la época, y que tan resueltamente prohibe, no ya seguir una religión positiva, sino creer en Dios racionalmente?

En la carta que usted me escribe, en las que escribe á Doña Emilia y á D. Zorobabel, y en todos los otros escritos, habla usted de dicha mentalidad; pero ni me la enseña, ni yo la veo.

Lo que yo veo y lo que ve todo el mundo es que, enfrente de la inmensa turba de creyentes, apenas habrá, esparcidos por toda la faz de la tierra, unos cuantos miles de librepensadores incrédulos.

La mentalidad de que usted habla no es, pues, general. Debe quedar reducida á los sabios y filósofos, ó, mejor diremos, á los sabios sólo, ya que usted no admite tampoco, en estos tiempos, la filosofía especulativa ó metafísica. Significa, sin duda, la tal mentalidad, que la ciencia y la religión son incompatibles en el estado de progreso á que la ciencia ha llegado.

Si la ciencia se divulga, la incredulidad, sin la cual no hay ciencia, también debe divulgarse.

Supongamos ahora que los pueblos bárbaros del Oriente inmóvil, y que las turbas rudas y sin ciencia de Europa y de América, y los semisalvajes de África, todos religiosos, á su modo cada uno, no deben contar por nada, y que el porvenir y los destinos del género humano dependen de los sabios, que casi todos viven en las grandes capitales. ¿Cuándo lograrán estos sabios difundir por donde quiera su mentalidad, como usted la llama?

Lo más raro que hay en el caso es que muchos de esos sabios, aun de los más incrédulos, no desean que la incredulidad se divulgue, y hasta tienen miedo y horror á que el vulgo llegue á ser tan incrédulo como ellos. Unos miran la religión como freno para las turbas ignorantes y codiciosas; otros, como consuelo para los tristes, menesterosos y desvalidos. De aquí que muchos sabios de éstos se pongan muy sentimentales y melancólicos de matar la fe, después de soñar con que acaban de matarla. Ernesto Renan es de los melancólicos, si mira la religión como consuelo. Si la mira como freno, inventa mil diabluras, que parecen desatinos, para refrenar al vulgo de otra suerte.

En uno de sus diálogos propone que la ciencia vuelva á ser oculta, y que los sabios formen algo como colegios sacerdotales, para que cuando el pueblo se subleve y haga alguna barbaridad, los sabios, que sabrán ya más que ahora, castiguen al pueblo con una buena peste, ó con terremotos, ó con inundaciones, ó con lluvias de fuego, ó con otras plagas.