Interminable y enojosa tarea sería citar aquí textos de autores racionalistas que se lamentan y aterrorizan de que el vulgo se vaya racionalizando. Suponen que, perdida la fe, no adquirirá en cambio la ciencia, y se lanzará desbocado á satisfacer sus bestiales apetitos. El citado Vacherot manifiesta repetidas veces y muy elocuentemente estos temores. Tenemos, pues, no corta cantidad de sabios incrédulos que se inclinan á que sea la incredulidad exclusivo privilegio de los sabios. Por un lado, matan ó creen matar toda creencia religiosa en los libros que componen, y por otro lado, deploran con amargura que las creencias mueran. Se parecen á aquel Rey de un cuento oriental, que había dado su palabra real de decapitar á cuantos se pusiesen á adivinar cierto enigma y no le adivinasen. Los alrededores de la gran capital del referido Rey estaban llenos de cabezas cortadas, colocadas en sendos postes; pero, como el Rey tenía muy compasivo y buen corazón, no hacía más que llorar por aquellas muertes de que él mismo era causa, para no faltar á su palabra.
Convengamos en que son dignos de risa los incrédulos llorones. Si es ilusión, si es mentira todo lo trascendente y divino, ¿por qué llorar su pérdida? El sabio, que consagra su vida a la verdad, ¿cómo puede figurarse que la verdad sea nociva y funesta? ¿Cómo da por cimiento á la ventura de sus semejantes, á su moralidad y á su bondad, el error, el engaño ó la falsía.
Los positivistas ortodoxos como usted, y no pocos sabios incrédulos de otras escuelas, son en este punto más lógicos. Para unos, toda religión ha sido siempre contraria á la moral, á la dicha y al progreso; para otros, ha sido toda religión utilísima, indispensable, hasta hace muy poco, para todos esos altos fines; mas para todos ellos toda religión es perjudicial en el día, salvo la meramente alegórica que ustedes han inventado.
No negaré que ustedes se contradicen menos; pero son ustedes pocos, y no todos muy firmes en su opinión. Al fundar la moral, sin el sostén y la base de una metafísica ó de una doctrina religiosa, tocan ustedes la dificultad; y á menudo vacilan. A veces salen ustedes por el registro que menos se prevé. Pondré de ello un ejemplo curiosísimo y algo chistoso.
El Sr. Guyau ha escrito una obra titulada La Irreligión. Para él consiste el venturoso porvenir de nuestra especie en que la religión se acabe, y casi la da ya por acabada. Sin dificultad, á su ver, y del modo más llano, establece este sabio una moral excelente. Todo el orden social no sólo le explica, sino que le crea, como explicaba Laplace el orden del universo, sin la hipótesis de Dios; pero aquí vienen los apuros; donde menos se piensa salta la liebre. Los hombres ilustrados é irreligiosos querrán tener pocos hijos que mantener y educar, y las mujeres ilustradas é irreligiosas apenas querrán parir alguno que otro. Entretanto, las gentes ruines é indoctas, las razas inferiores, echarán al mundo con desmedida profusión infinidad de chiquillos. Por lo cual teme el Sr. Guyau que el linaje humano degenere; que los sabios disminuyan; que los pueblos más cultos, como Francia, se enflaquezcan y pierdan población, y que los negritos ú otros salvajes lo llenen y dominen todo. No recuerdo si el Sr. Guyau arbitra algún recurso para salvar esta dificultad; pero el caso es que la pone.
Y no es de maravillar que ponga una sola, sino que no ponga muchas. Lo que es yo, por más que medito, no veo posible la moral, sin religión ó metafísica que la sirva de base.
Prescindamos de toda revelación sobrenatural; no prestemos crédito sino á los dictados de nuestra razón; pero, aun así, si no afirmo un Dios legislador y hombres con alma responsable, con libre albedrío, capaces de vencer las naturales impurezas y de sobreponerse á los malos instintos para realizar la justicia, el bien y la caridad en el mundo, aun en contra de sus propios intereses, no veo que pueda fundarse racionalmente moral alguna.
Cierto que el gran crítico Lessing separa el dogma cristiano de la moral de Cristo, como hacen ustedes. Para Lessing, la moral es independiente del dogma: independiente de ésta ó de aquélla determinada metafísica ó teología; pero Lessing no destruye por eso toda teología y toda metafísica; antes pone como cimiento firmísimo de la moral una metafísica perenne en sus principios radicales, una teodicea natural, que afirma á Dios, omnipresente en el universo, causa del orden y del progreso, revelándose gradualmente y educando al linaje humano por medio de sucesivas revelaciones. La religión natural, la metafísica perenne, aunque progresiva, no es para este sabio obra del natural discurso sólo, sino del natural discurso con auxilio y revelación de Dios.
Ya ve usted cuánto dista Lessing de los positivistas de ahora. El género humano progresa y se educa, guiado por Dios, y, si Dios le deja de su mano, ni se educa ni progresa.
¿Dónde está esa incompatibilidad que ustedes suponen, entre la ciencia y la religión, entre Dios y la razón humana, cuyo progreso en todo, según Lessing, es un resultado de la constante operación divina y de sus revelaciones, que se suceden en oportuna sazón, cuando ya el espíritu del hombre está en aptitud de recibirlas?