Lejos de mí creer á usted malicioso. Yo creo á usted lleno de candor, y convencidísimo de sus errores; pero, al afirmar que la ciencia es incompatible con la religión, al poner entre ambas perpetuo conflicto, ¿no comprende usted que induce á mucha gente sencilla á dar en irreligiosa y en atea, por no parecer poco ilustrada?
Para tranquilidad de esta gente sencilla, bien puede asegurarse que, aun en el día, son más, muchos más, los sabios religiosos que los irreligiosos. La lista de los que creen en Dios, y hasta de los que son cristianos, vence en cantidad y en calidad á la lista de los sabios incrédulos. No hablo de filósofos, ni de doctores en ciencias morales y políticas: me limito á los que entienden y tratan las ciencias de la naturaleza. La química, la física, la geología, la astronomía, no se oponen, pues, á la fe, digan Draper y otros por el estilo lo que se les antoje. No son embusteros, ni hipócritas, Faraday, Murchison, Hugh Miller, Humphry Davy, Jorge Stephenson, el Padre Secchi, Cuvier, Flourens, Cauchy, Biot, los Ampère, Chevreul, Pasteur y otros mil, que sería prolijo ir aquí enumerando.
A los que no hemos estudiado y sabemos poquísimo de ciencias naturales, á cada paso tratan los físicos, químicos y biólogos incrédulos de taparnos la boca, echándonos en cara nuestra ignorancia. Como no hemos estudiado lo que ellos, no atinamos á explicarnos el Universo sin Dios: la contradicción entre la razón y la ciencia. El mejor y más fácil modo de contestarles es citar á esos otros sabios que son de nuestra opinión, y á quienes no pueden recusar por ignorancia.
En 1865 hubo en Inglaterra, que no es país muy atrasado, un meeting ó asamblea de naturalistas, químicos, astrónomos, etc.; y seiscientos diez y siete, nada menos, escribieron, firmaron y publicaron un manifiesto, declarando que las ciencias que profesan no van contra Dios, ni contra la religión, ni siquiera contra la Biblia. Si algo inventan ó sostienen que parezca oponerse á la palabra de Dios ó á sus Sagradas Escrituras, ya es porque la ciencia es incompletísima aún, y se debe esperar que, cuando se complete, se conciliará todo; ya es porque hemos interpretado mal el sentido de las Sagradas Escrituras, de suerte que el descubrimiento científico no se opone á la misma palabra de Dios, sino á la torcida interpretación que le hemos dado.
Ya ve usted cuán poco irreligiosa es la sana y más docta mentalidad del siglo presente.
Toda religión tiene aun muchos creyentes y defensores, y la nuestra más que ninguna, aunque no he de negar yo que bastantes pequen con frecuencia por exceso de celo.
La revelación divina no pudo hacerse toda de una vez y sobre todo. La marcha ascendente del linaje humano, la ley de la historia, el desenvolvimiento intelectual de las sociedades y de los individuos, todo esto no sería, ó las cosas serían de muy diversa manera, si Dios lo hubiera revelado todo en un solo momento: de un golpe. El hombre, además, ó natural ó sobrenaturalmente, hubiera sido hecho ó rehecho por muy diverso estilo, para que se prestase á recibir la revelación, á entenderla, y á que no fuese en balde. El maestro va por sus pasos contados enseñando á sus discípulos, y no les explica la lógica antes de la gramática, ni el cálculo integral antes de las cuatro reglas de la Aritmética.
Si los primeros Patriarcas, y Abraham, y Jacob, hubieran enseñado toda la doctrina, nada hubiera tenido que revelar Moisés; y si Moisés lo hubiera enseñado todo, hubiera sido supérflua la revelación de Cristo. Cristo mismo, en la última cena, cuando se despide de sus discípulos, declara que aún no lo ha revelado todo. «Aún tengo que deciros muchas cosas, pone el texto de San Juan: mas no las podéis llevar ahora.» Esto es: ahora no os aprovecharían; no las comprenderíais bien. Y añade luego: «Mas cuando viniere aquel espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad.» Lo cual, aunque se interprete con la más timorata interpretación, diciendo que eso que Cristo se dejó por decir se lo dijo á los Apóstoles después de resucitado y lo inspiró el Espíritu Santo cuando bajó sobre ellos, todavía es prueba evidente de que no es la revelación simultánea y completa, sino sucesiva, y adaptándose á la capacidad de los hombres á quienes se hace. En confirmación de lo cual viene bien aquello de San Pablo á los de Corinto, cuando les dice que los alimenta con leche y no con manjares sólidos que no pueden digerir todavía.
Traigo aquí todo esto muy pertinentemente, ya que de no entenderlo se han seguido graves males. Bastantes sabios piadosísimos se han empeñado en probar que en la Biblia está todo y que Moisés sabía y revelaba cuanto hay que saber y revelar de física, química, matemáticas, paleontología, cosmogonía, etc.; y en cambio otros incrédulos, en esto no menos cándidos, se obstinan y se enorgullecen disputando con Moisés y probándole que no sabía el sistema de Copérnico, ni que el agua se componía de oxígeno y de hidrógeno, ni otras muchas cosas por el estilo. Los primeros deducen de esta disputa la verdad de la religión, y los segundos su incapacidad, su oposición á la ciencia y su mentira. Yo, sin ser sabio, en nombre de mi pobre sentido común, me atrevo á sostener que no tienen razón ni unos ni otros en sus deducciones.
Entre los apologistas de la religión cristiana hay un inglés, Samuel Kinns, cuya seguridad y cuyos argumentos para probar la concordancia de la revelación y la ciencia pasman por inauditos é inesperados.