Cuenta este señor que hay unos cerrajeros, paisanos suyos, Hobbs, Hart y Compañía, los cuales han inventado y fabricado ciertas llaves y cerraduras maravillosas, de que se vale el Banco de Inglaterra para poner á buen recaudo sus tesoros. Las guardas de cualquiera de estas llaves tienen 15 dientecillos movibles, que, colocándose, ya de un modo, ya de otro, dan lugar á 1.307.674.368.000 combinaciones. Con cualquiera combinación se echa la llave y sólo se desecha ó se abre con la combinación con que se ha cerrado. Hay pues, una sola probabilidad contra un billón y miles de millones, de que alguien abra sin saber la combinación.
Sentado esto, y sentado que los días de la Creación no fueron días, sino largos períodos de millones de años, Samuel Kinns pone quince actos creadores en el orden en que los pone la ciencia, y los concierta, en el mismo orden, con quince frases ó expresiones bíblicas, que responden con exactitud á cada uno de esos actos. De esta suerte, imagina el apologista que deja demostrado que Moisés sabía, por revelación divina, todo lo que la ciencia ha descubierto, tres mil años después, acerca de la Creación del Mundo.
Al más rudo, si recapacita un poco, asaltan varias dudas y razones contra semejante discurso. 1.ª ¿Lo que la ciencia ha descubierto, lo ha descubierto bien, ó saldremos el día menos pensado con que descubre otra cosa que invalida el descubrimiento de hoy? 2.ª ¿Dado que sea ya definitiva é inalterable la cosmogonía de la ciencia, hay ó no hay algo de arbitrario y de más ingenioso que sólido en la harmonía y ajuste perfecto de lo que dice la ciencia y de lo que dice la Biblia? Y 3.ª Aceptando por verificado y evidente todo lo que la ciencia descubrió de la cosmogonía, y por no menos exacto su acuerdo perfectísimo con las palabras de Moisés, ¿qué objeto ni qué propósito tuvo Moisés, ya que sabía todo aquello, de decirlo ó ponerlo tan obscura y concisamente, que fuese logogrifo ó acertijo que nadie había de adivinar sino más de tres mil años después?
Convengamos en que hubiera sido broma pesada, al menos por su duración, la que hubiera dado Moisés á todo el linaje humano, si sabiendo bien todo lo que ocurrió en el Universo desde su origen, lo hubiera dejado en cifra que sólo al cabo de treinta siglos se hubiera podido descifrar. ¿No sería mejor y más piadoso entender que las Sagradas Escrituras están divinamente inspiradas en todo lo que se refiere á la moral y al dogma, y que, en otros puntos, cuando el redactor del libro no es testigo ocular, ó cuando trata de cosas que por inspección ocular no podían saberse, dice lo que en su tiempo se suponía ó se imaginaba?
En virtud de esta distinción, á mi ver discreta, se evitarían lo menos las nueve décimas partes de las controversias entre los creyentes y los incrédulos: casi desaparecerían los supuestos ó fantásticos conflictos entre la religión y la ciencia.
Uno de los más juiciosos apologistas que tiene hoy la religión cristiana, Mons. Van Weddingen, dice en sustancia lo mismo que estamos aquí diciendo. Cada Profeta, cada Padre de la Iglesia, según la física y la química de su tiempo, opinaba lo que mejor le parecía, y no es motivo para negarle ó concederle la cualidad de profeta ó de hombre inspirado por Dios, el que su opinión de entonces concuerde ó no con la opinión de ahora, ó, si se quiere, con la ya clara y manifiesta verdad de los físicos y de los químicos del día.
Dios, directa, materialmente, digámoslo así, y como el maestro enseña á sus discípulos, bien se puede afirmar que no enseñó matemáticas, astronomía, biología ni antropología á nadie.
Quedó, pues, cada hombre con aptitud y en libertad de inventar, de descubrir ó de forjarse los sistemas que sobre cada una de esas ciencias le parecieran más conformes á la verdad.
Así, pues, y sirvan de ejemplo (refiriéndome siempre á Mons. Van Weddingen) San Basilio y San Gregorio de Nyssa que sostienen la espontánea generación de los gérmenes en la tierra y en el agua; y San Agustín, San Isidoro de Sevilla y otros Padres, que casi son darwinistas. Dios creó al principio, según ellos, ciertos gérmenes, causas primordiales seminales, que así las llaman, las cuales fueron poco á poco desenvolviéndose. En resolución, termina el apologista citado: «El sabio jesuita Pianciani ha demostrado doctamente que sobre estos puntos delicados se concede entera libertad á la interpretación de cada individuo. La fe queda salva si se reconocen los derechos del divino Creador, y la irreductibilidad del alma de los primeros hombres á las funciones meramente orgánicas». Lo cual significa que sobre cualquiera de dichos puntos puede el sabio, ó el que se figura que lo es, descubrir las verdades más inauditas ó imaginar los más enormes disparates, sin producir conflicto con la religión, siempre que convenga en que Dios lo creó todo y en que ni hay, ni hubo nunca, ser orgánico, que pueda llamarse hombre, sin que Dios infunda en él un alma inmortal hecha á imagen y semejanza suya.
Yo me vuelvo todo ojos para hallar en los escritos de usted, y en otros escritos positivistas algo á modo de prueba de que estos dos conceptos, de Dios y del alma, son falsos. Lo que sí hallo es que, según usted, el concepto de Dios fué preparación indispensable para subir al grado de civilización á que hemos subido; pero ni usted ni nadie me dice qué día, ni qué mes, ni qué año, subimos á ese grado en que ya es menester desechar á Dios, ni por qué es menester desecharle.