Sin embargo, visto que no trato yo de convertir á usted á ninguna religión positiva, como usted ha tratado de convertirme á la religión de la humanidad, voy á prescindir aquí de multitud de dificultades y hasta á dar por verdad varios errores, ó varias afirmaciones, que me parecen errores aunque no lo sean.

Supongo, pues, que el período teológico pasó ya, ó dígase que no se debe ni se puede creer en revelación externa divina. Supongo, además, que también pasó ya para siempre el período metafísico, ó dígase que ya no se puede dar ni aceptar ciencia fundada en revelación interna divina, ó sea en lo absoluto, que se muestra en lo más íntimo y profundo de nuestro sér, y sobre lo cual estriba una ciencia fundamental á priori.

Supuesto lo antedicho, no nos quedará sino la ciencia que ustedes llaman positiva: la ciencia que se funda en el empirismo, en las observaciones que hacemos valiéndonos de los sentidos.

Quiero conceder, por último, que solo con esta ciencia, sin nada de metafísica que con ella se combine, no llegaremos jamás á una legítima demostración de la existencia de Dios: que todos los que han querido dar dicha demostración, cristianos y deístas, Fr. Luis de Granada, Newton, Voltaire, Flammarion, todos se han equivocado, según Kant lo prueba.

Nos quedamos, pues con el positivismo escueto: con las seis ciencias de la Enciclopedia de Comte y de Littré. Pero si por ellas no podemos llegar á lo sobrenatural para afirmarle, ¿por qué ni cómo hemos de llegar para negarle?

Aun tomándonos la libertad de negarle sin fundado motivo, no explicaríamos las cosas, sino que las confundiríamos y enredaríamos más. El recurso del altruismo y del egoísmo para explicar lo bueno y lo malo, en moral, no vale, sin libre albedrío. Dice Vogt: «Si no me enseñan el alma, no creo que la hay»; dice Virchow, que como no ve el alma, no la acepta; y Feuerbach y cien otros aseguran que lo que piensa es el fósforo, lamentando mucho que, con tantas patatas como ahora se comen, los cerebros humanos se pongan pesadísimos é incapaces. En cuanto al vicio y á la virtud, harto sabida es la chistosa expresión de Taine: «El vicio y la virtud son productos químicos, como el vitriolo y el azúcar».

Inventemos, pues, un sistema, saliéndonos del método experimental, y haciendo sobre esto la vista gorda. Demos de barato que no hubo al principio más que el éter, ó sea infinidad de cuerpecillos insecables, átomos dotados de fuerza eterna y de tres ó cuatro movimientos perpetuos, uno en línea recta, otro giratorio y otro de pegarse unos á otros y formar poliedros. Con tanto moverse estos átomos, vino á resultar que sus fuerzas se contrapusieron maravillosamente, y todo se paró y quedó en equilibrio; y hubo tinieblas y silencio; si no la nada, algo parecido. Pero de súbito se rompe el equilibrio (y no sabemos por qué, aunque no sabemos tampoco por qué se estableció), y el equilibrio ya roto, empezaron á formarse pelotitas luminosas, y fué la luz; y luego, según se ajustaban y combinaban los poliedros, que los hubo sin duda de varias clases además de las pelotitas, salían sólidos, y líquidos, y gases; y luego vida, y plantas, y bichos; y luego hombres, y conciencia, y pensamiento: y sociedad, é historia, y revoluciones, y guerra, y progreso, y todo cuanto hay hasta ahora, y hasta que á los átomos se les antoje volver á la inmovilidad primera ó sea al equilibrio, y nos quedemos otra vez á obscuras, ó dígase, todo silencio, tinieblas y muerte.

Consideremos exacto todo esto como si lo hubiéramos visto, tocado y verificado. Y si el sistema no gusta, le modificaremos, ó expondremos el de otro sabio por el mismo estilo. Pero, entonces, ¿qué razón hay para que merezcan alabanza y gloria Augusto Comte y Catalina de Vaux, por haber sido dos turrones de azúcar? ¿Qué responsabilidad tiene, qué castigo merece el más infame criminal por haber sido un frasco de vitriolo? Si yo soy altruista, es porque los átomos que me componen me llevan al altruismo, y si soy egoísta, es porque mis átomos confederados se hallan muy á gusto con su confederación y no quieren romperla, aunque se lleve pateta todas las otras confederaciones existentes ó posibles.

Usted y gran número de otros positivistas honrados no se conforman con ser sólo laboratorios de azúcar; y con que la virtud y la diabetes vengan á ser casi lo mismo. De aquí que hayan ustedes inventado ó aceptado esa fantasmagoría ó mojiganga del Ser-Supremo-Humanidad, que nada explica ni remedia.

Abrazada la doctrina del positivismo, negada toda religión, negada toda metafísica, desengáñese usted, no hay más recurso que caer en el agnosticismo.