Lo conocido, lo verificado por observación sensible y por experiencia, es como una isla, todo lo grande y hermosa que se quiera, pero circundada de mar tenebroso y sin límites. Esta isla, ¿quién sabe si tendrá cimientos que la mantengan firme en medio de ese mar, ó si flotará sin cimientos á merced de las olas? Lo desconocido no queda lejos, aunque en el centro de la isla nos pongamos, sino que la invade toda, y está hasta en el aire que en ella se respira. Desesperados muchos de los habitantes de la isla, todos ellos sabios, ó semisabios, han declarado lo desconocido incognoscible; pero algunos han recobrado la esperanza, y, con los medios que la isla da de sí, se han engolfado en el mar tenebroso y desconocido, á ver si le exploran. Uno de estos navegantes audaces es el Sr. Enrique Drummond, de que ya he hablado á usted, y de cuya navegación y descubrimientos tenía yo empeño en dar noticia, por ser tan curiosos: pero la empresa es atrevida y peligrosa y desisto de llevarla á cabo.

Básteme afirmar que no es aislado capricho de Enrique Drummond esto de subir por la escala de las ciencias empíricas hasta la última y suprema hipótesis que lo explique todo, construyendo ó reconstruyendo la metafísica y singularmente la teodicea. En todos los países cultos se advierten síntomas de tan ineludible propensión, y de la actividad que, movido por ella, el espíritu humano va desplegando.

En Francia acaba de aparecer un libro que llama ya la atención por el título sólo, y donde se nota el pensamiento fundamental de que aquí se trata. El libro se titula El porvenir de la metafísica fundada en la experiencia, por Alfredo Fouillée.

En nuestra misma España ha aparecido otro libro, que apenas he tenido tiempo de hojear aún, pero en el cual, por lo poco que he visto, presiento que el movimiento intelectual del mundo me depara un auxiliar poderoso. El autor de este libro (cuyo nombre, Estanislao Sánchez Calvo, confieso que al recibir el libro conocí por vez primera) quiere reconstruir también la metafísica: descubrir lo incógnito, que no es incognoscible para él, partiendo de las ciencias positivas; probar, en suma, que lo inconsciente de Hartmann, que es, en efecto, inconsciente para nosotros, es, por eso mismo, lo maravilloso, lo estupendo, lo certero, lo infalible, lo rico de providencia y de inteligencia, que mueve desde el átomo hasta el organismo más complicado: pero que este motor, de quien tal vez no tenemos conciencia los que por él somos movidos, la tiene él de sí y en sí, y lo penetra y lo llena todo, siendo al mismo tiempo todo y uno, porque si las demás cosas son algo, y si no son nada porque no son él, es por el ser que él les da. En resolución: ese prurito de producir formas, vidas y evoluciones; esa energía constante de los séres que siguen inconcientemente su camino prescrito, y van á su fin en virtud de leyes indefectibles y eternas, es la incesante operación de lo inconsciente, el milagro perpetuo de lo que, siendo inconsciente para nosotros, es supraconsciente, y es Dios.

El libro que expone y procura demostrar esta doctrina, con mucha ciencia y extraordinario ingenio, se titula Filosofía de lo maravilloso positivo. Su autor parte del positivismo; pero anhela fundar nueva metafísica y teología nueva, concurriendo, por lo menos, á probar, si no que el ateísmo es falso y que la vacía religión de la humanidad es absurda, que el ateísmo y la religión de la humanidad no contentan ni aquietan á nadie, ni valen para nada bueno.

NOVELA-PROGRAMA

A la Sra. de R. G.

Mi distinguida amiga: Hace ya meses que me envió usted un ejemplar de Looking backward, novela de Eduardo Bellamy, impresa en Boston en 1889. En seguida dí á usted las gracias por su presente; pero, como tengo tantas cosas que leer y tantos asuntos á que atender, confieso que no leí la novela, y la dejé arrinconada.

Pasó tiempo, y un día la novela cayó de nuevo por casualidad entre mis manos. Entonces reparé en una cosa en que no había reparado antes, y que no pudo menos de mover mi curiosidad hacia la novela. En letra mucho más menuda que el título y por bajo de él, decía la portada: two hundredth thousand.

Estas tres palabras me dieron dentera, ó, si se quiere, envidia. Yo también soy autor, y no estoy exento de tener envidia á otros más dichosos autores.