Las tres palabras indicaban que de la flamante novela se habían vendido ya doscientos mil ejemplares cuando se imprimió el que yo había recibido. Desde entonces hasta ahora ha pasado tiempo bastante para que se vendan otros cien mil. Bien se puede afirmar, pues, que lo menos trescientos mil ejemplares de Looking backward han sido ya vendidos.

En ese país y en Inglaterra hay mucha librería circulante, y los libros además se prestan sin dificultad. No es exageración suponer que cada ejemplar ha sido leído por diez personas. El señor Bellamy, por consiguiente, puede jactarse de que han leído ya su obra tres millones de séres humanos. Sobre esta satisfacción de amor propio debe de tener además el gusto más sólido y positivo, suponiendo que sus derechos de autor son por cada ejemplar no más que diez céntimos de dollar, de haber cobrado á estas horas por su trabajo treinta mil dollars, ó dígase bastante más de ciento cincuenta mil pesetas de nuestra moneda. Tan opimos derechos merecen, en verdad, el pomposo nombre de royalty, realeza, que tienen en inglés; mientras que los derechos de los autores españoles, salvo en rarísimos casos, debieran llamarse beggary, mendicidad ó pobretería.

Compungido yo y descorazonado por esta consideración, vengo á sospechar á veces si todo, y singularmente los escritores, estaremos en España muy por bajo del nivel intelectual de otros países. El que en España no se lea no basta á explicar que no se lean nuestros libros. Si fueran buenos, me digo, se traducirían y leerían en otros países, ó bien en otros países aprenderían el español para leernos. ¿No sucede esto por donde quiera, con los libros que se publican en Francia? En nuestra península, y en toda la extensión de la América hispano-parlante ¿para qué ocultarlo? Zola, Flaubert y Daudet son más estimados que Alarcón, que Pereda, y hasta que Pérez Galdós, y de seguro que se han leído y se han vendido más ejemplares de Nana ó de Germinal, ó de La Tierra, que de Sotileza ó de los Episodios nacionales.

Con los libros en inglés aún no sucede esto tanto en las naciones que hablan nuestra lengua; pero los libros en inglés, si llegan á hacerse populares, no han menester de nuestro tributo.

Harto se ve en Looking backward. Tal vez sea yo, hasta ahora, gracias al ejemplar que usted me envió de presente, el único español que sabe de dicho libro, y de dicho libro, con todo, se han vendido ya más ejemplares que de ninguna de las novelas de Zola: del más glorioso y á la moda entre los novelistas franceses.

A pesar de cuanto acabo de exponer, quiero desechar mi abatimiento y mi modestia; y, sin rebajar el mérito del escritor extranjero, entiendo que son parte en la fama y en el provecho, que á menudo alcanza, lo bonachón y lo candoroso que es el público de otros países, donde se rodea al escritor de gran prestigio y se le presta autoridad que nosotros le quitamos.

Nosotros no tenemos mala voluntad á los hombres de letras; pero las circunstancias nos encierran en círculo vicioso de difícil salida. Aquí no pocos hombres de mucho talento y bastantes de mediano medran, se enriquecen y encumbran, politiqueando, tratando de curar enfermedades ó defendiendo pleitos. El que compone libros, si no tiene rentas, ó bien si no tiene otras ingeniaturas, permanece siempre casi pordiosero. Y de ello inferimos, ya que el que compone libros está medio loco, ya que es incapaz de ser político hábil, abogado con clientes ó médico con enfermos, por donde se da á literaturas, como quien se da á perros, desengañado y desechado de profesiones más lucrativas.

Pero salgamos de tan tristes meditaciones crematístico-literarias, y hablemos de la novela del Sr. Bellamy.

Nada más rancio, trillado y manoseado que lo fundamental de su argumento. Es un caso de sueño ó letargo prolongadísimo, del cual se despierta al cabo. Ya de Epiménides de Creta, que vivió seis siglos antes de Cristo, se cuenta que estuvo durmiendo cincuenta y siete años. Hermotimo de Clazomene, que floreció poco después, echaba también siestas muy largas; con el aditamiento de que, mientras que su cuerpo dormía, su desatado espíritu se paseaba por todo el universo con la rapidez del rayo. En las edades cristianas, abundan más aún los durmientes, empezando por los siete, que, durante la persecución de Decio, se quedaron dormidos en una caverna, y despertaron ciento cincuenta y siete años después, hallando muy cambiadas las cosas del mundo y el cristianismo triunfante.

No sé de país donde no haya cuentos, leyendas, comedias y zarzuelas que se fundan en esta base. Nosotros tenemos á nuestro D. Enrique de Villena, que desde el siglo XV estuvo hecho jigote, y apareció y surgió á nueva vida en La redoma encantada, de Hartzenbusch. Por lo común, no se requiere determinación tan heróica como la de hacerse jigote, ni siquiera se exige sueño, para dar un brinco en el tiempo, y plantarse de súbito dos, tres ó cuatro siglos más allá del punto de partida. Basta para ello un éxtasis, un arrobo ó la traslación real á medio más dichoso, donde el correr del tiempo es más raudo.