Yo he leído un cuento japonés, en que un pescadorcillo es llevado á una isla encantada. Allí se casa con cierta mágica princesa. Vuelve á su tierra, en su sentir al cabo de un año, y reconoce que han pasado doscientos ó más, que no tiene ya ni padre, ni madre, ni perrito que le ladre, y que nadie en su tierra le recuerda. Atolondrado, abre entonces una cajita, don de su princesa, cajita que le debía servir, no abriéndola, para volver á la isla encantada; y sale de la cajita un vapor, á manera de nubecilla blanca, que en lo alto del aire se disipa. Entonces siente que caen sobre él, con todo su peso, los doscientos ó trescientos años que habían pasado; y pierde la lozanía de la juventud, y se trueca en un horrendo viejezuelo, que se encoge y consume hasta que muere.
La Leyenda áurea, las vidas de los Padres del yermo, en todo país y en diversos idiomas, están llenas de casos semejantes, aunque menos lastimosos. Ya es un monje que se embelesa oyendo cantar un pajarillo, en un soto, cerca de su convento. Vuelve al convento, creyendo haber estado ausente una hora, y ha pasado un siglo. Longfellow ha puesto en verso una historia de esta clase. Ya, como en una preciosa leyenda italiana del siglo XIV, son dos monjes que se extravían en una selva; hallan una barca en la margen de apacible río; se embarcan, se dejan llevar de la corriente, y arriban al Paraíso terrenal. El querubín de la espada flamígera les da libre entrada; y Enoch y Elías los reciben y los agasajan, regalan y deleitan tan maravillosa y elegantemente, que se les hace muy cuesta arriba volver al convento, al cabo de una semana. Pero no hay más recurso que volver. Vuelven, y descubren que han pasado en el Paraíso terrenal la friolera de setecientos años.
La invención, pues, del Sr. Bellamy nada tiene de inaudita. Su héroe, Julián West, se queda dormido, en un sueño magnético, y despierta ciento trece años después. Se duerme en 1887 y despierta en el año 2000 de nuestra Era.
Se advierte en esto otro ingrediente capital, permítaseme la expresión farmacéutica, que entra en la confección de la novela del Sr. Bellamy. La novela es profética: nos pinta lo que serán el mundo y la humanidad dentro de poco más de un siglo.
Tampoco es esto nuevo. Pinturas proféticas por el estilo, acaso más divertidas y más brillantes y pasmosas, se han hecho en casi todas las literaturas. ¿Dónde está, pues, el valer de la novela? ¿Cuál ha sido la causa de su extraordinaria popularidad? A mi ver, el valer de la novela es grande y la causa de los aplausos justísima. Consisten en la buena fe y en el fervor con que el Sr. Bellamy cree y espera en lo que profetiza con alegre y profundo optimismo.
Sin duda que en Europa los descubrimientos é invenciones recientes de la ciencia experimental, la actividad fecunda de la industria, la facilidad de las comunicaciones, la creciente riqueza, las máquinas, el bienestar, el lujo y sus refinamientos, el telégrafo, el teléfono, el alumbrado eléctrico, las Exposiciones universales, los congresos de sabios y otras maravillas, han ensoberbecido y alentado por todo extremo á no pocos hombres, y les han hecho creer en un indefinido progreso humano; pero también esas mismas novedades, primores y adelantos, han influído, en sentido opuesto, en más hombres aún, volviéndolos canijos, descontentadizos, nerviosos y quejumbrosos.
El pesimismo existe desde antes de Job y de Budha; pero pocas veces ha estado más divulgado, más razonado y más boyante que en el día. Pocas veces ha sido, además, más negro y desesperado en Europa: ya porque se afirma la mayor dificultad, cuando no la imposibilidad, de ilusiones, de ideales, de creencias, ó como quieran llamarse, que sirvan de compensación ó de consuelo; ya porque se abultan los peligros en la resolución de urgentes y temerosos problemas; ya porque los impacientes y furiosos quieren resolver estos problemas con desmedida violencia y por virtud de los más truculentos cataclismos.
Inútil me parece detenerme en probar que, en Europa, y singularmente en la segunda mitad de este siglo que va llegando á su fin, hay más desesperación que esperanza, se ve obscuro y tempestuoso el porvenir, y son tétricas la filosofía y la literatura.
La risueña amenidad de algunos reformadores sociales, como Fourier por ejemplo, sólo sirve ya para burlas. Los que en el día aspiran á reformadores, se llaman nihilistas, y aturden y aterrorizan á las clases conservadoras. Los poetas siguen siendo desesperados y satánicos, ó bien dimiten, por suponer que la poesía se acaba. Sus negaciones, maldiciones y furores, en vez de salir en verso y raptos líricos, que solían tomarse menos por lo serio, se ponen hoy en prosa, con el método, el orden y las pretensiones didácticas de una ciencia. En vez de Leopardi, Byron ó Baudelaire, tenemos á Schopenhauer. Las pasiones sublimes, los caracteres nobles y desinteresados, los dulces amores, las creencias profundas, todo lo ameno y hermoso se va arrojando de la narración escrita, donde se afirma que la imaginación no debe poner nada de su cosecha. Las obras, pues, de entretenimiento, las más leídas y admiradas, son cuadros horribles de vicios, maldades y miserias, en que el hombre, bestia humana, se revuelca en cieno y en sangre. La vida, en la realidad y en la ficción, aparece como una pesadilla cruel, ó como una estúpida é indigna farsa, que no merece ser vivida. El mejor término y remate de todo es morirse para descansar. La suprema bienaventuranza del mundo, la última victoria del saber y la más alta realizada aspiración del deseo, serían el totalicidio: que la ciencia nos hiciese poderosos para ahogar el necio prurito de vivir que fermenta en las cosas y matar el universo.
Cierto es que la misma exageración de los clamores y de las blasfemias hace que á veces se tengan por fanfarronadas, y que el hombre sereno las ría y no las deplore; pero la insistencia y la generalidad de tantas quejas se sobreponen á la risa, anublan el ánimo más despejado, y angustian al fin y meten en un puño el corazón de más anchuras.