En el conjunto, bien puede asegurarse que de ese otro lado del Atlántico, no hay que lamentar como endémica esta enfermedad del desconsuelo; reina cierta gallarda confianza en los futuros destinos de la humanidad. La tierra es nueva, vasta y pingüe, y cría savia abundante en cuanto se trasplanta en ella. Si de una cepa vetusta, cubierta de filoxera y carcomida por el honguillo, tomamos un buen sarmiento, y le metemos en tierra á alguna distancia, el mugrón se transforma pronto en otra sana y fructífera cepa. Así me figuro yo que ocurre quizá al anglo-americano en relación con el europeo. La prosperidad de esa gran República se diría que promete mayor auge é inmensa ventura para en adelante. Toda dificultad, en vez de desalentar, aumenta los bríos, y hasta regocija con la esperanza de vencerla. Hay ahí cierta emulación, cierta petulancia juvenil, que son útiles, porque persuaden á muchos de que América logrará lo que Europa no ha logrado; resolverá problemas que aquí tenemos por irresolubles, y realizará ideales que nosotros, ya cansados, agotados y viejos, abandonamos por irrealizables y quiméricos. Excelsior es la hermosa y extraña divisa que llevan ustedes en la bandera. Los poetas de ahí están llenos de presentimientos dichosos, y no lloran y se quejan tan desoladamente como los nuestros. La vida para ellos no es lamentación, sino acción incesante, á fin de avanzar más cada día,

Still achieving, still pursuing,

y dejando en pos

Footprints on the sands of time,

como dice Longfellow, en su Psalmo. Todo vate quiere hoy ser ahí más profeta que en parte alguna. Su misión es profetizar y no cantar:

Life sings not now, but prophesies.

Whittier es á modo de un Ezequiel de nuestro siglo. Con justicia se le saluda como al «cantor de la religión, de la libertad y de la humanidad, cuya palabra de santo fuego despierta la conciencia de una nación culpada y derrite las cadenas de los esclavos».

La poesía lírica de ahí inculca en sus mejores obras que querer es poder. La voluntad tenaz, valerosa y desenfadada, rompe todo límite que el saber imperfecto pone á lo posible. Un buen yankee (y permítame usted que llame así á sus paisanos, por no llamarlos anglo-americanos siempre) un buen yankee, digo, alentado por su soberbia esperanza, es como el Reco de la bella leyenda de Russell Lowell; no duda de lograr su anhelo, y se considera como sobrehumanado para lograrle.

«Reco no dudó ya de su ventura.
Bajo sus pies á la ciudad volviendo,
Pensó que ufano el suelo florecía;
Que era más clara la amplitud del éter;
Que alas para cruzarle le brotaban;
Y que del sol los rayos, en sus venas
Infundidos, prestaban á la sangre
Calor salubre y levedad celeste.»

Esta fe en el porvenir, esta exultación del espíritu, que nada deja fuera de su alcance, ha sido la Musa que ha inspirado su novela al señor Bellamy.