Al espirar el siglo XX, ó dígase dentro de poco más de un siglo, la más portentosa revolución estará ya consumada; se habrá renovado la faz de la tierra; la condición humana habrá logrado mejoras extraordinarias materiales y morales, y la Jerusalén celeste, ó, si se quiere, la suspirada ciudad de Jauja, habrá bajado del cielo, y extenderá su feliz y dulcísimo imperio sobre todas las lenguas, tribus y naciones del mundo. No quiere decir esto que una Jauja conquistadora tendrá sometido el resto del mundo, sino que la Jauja ideal se realizará por donde quiera, y todo el mundo será Jauja.

Entendámonos, sin embargo. La Jauja realizada en todas partes, no será la grosera y vulgar de que habla el proverbio; la Jauja donde se come, se bebe y no se trabaja. En el nuevo orden de cosas, en la flamante ciudad, no habrá nadie que no trabaje; hombres y mujeres serán trabajadores; pero merced á la ingeniosidad y primor de la maquinaria y á la superior organización del trabajo, el trabajo, lejos de ser fatigoso, será gratísimo.

La vida estará lindamente arreglada. Hasta los veintiún años dura el período de la educación en el nuevo régimen. Las escuelas son tan buenas, que apenas hay quien salga de ellas sin ser un pozo de ciencia, diestro en todos los ejercicios corporales; así de fuerza como de agilidad y de gracia; sano, hermoso y robusto.

Como ya no sobrevienen (estamos en el año 2000) guerras ni desazones, y vivimos en una paz plusquam-octaviana, ni hay quintas, ni mucho menos servicio militar obligatorio. ¿Y para qué, si tampoco hay generales ni ejército guerreador? De lo que no se puede prescindir es de ejército industrial, y todo individuo tiene que servir en este ejército admirablemente regimentado. Pero el servicio es cómodo y ameno, como ya hemos dicho, y á la edad de cuarenta y cinco años termina. Á la edad de cuarenta y cinco años recibe cada cual su licencia absoluta ó bien se jubila. Y no porque ya se le crea inútil, sino porque ya ha cumplido con la sociedad.

Lejos de estar inútil el jubilado ó licenciado, puede asegurarse que está en lo mejor, en el cenit de su edad. La higiene pública y privada, la medicina, la cirugía y el arte culinario han progresado de tal suerte, que el término ordinario de la vida es ya de noventa años. Quedan, pues, después de la jubilación otros cuarenta y cinco años de huelga y reposo, durante los cuales todo hombre y toda mujer disfrutan de las invenciones, fiestas, riquezas, esplendores, magnificencias y deleites que el trabajo, la industria y el ingenio sociales han producido y siguen produciendo, cada día con mayor abundancia, delicadeza, chiste y tino.

Dígole á usted, sin el menor sonrojo, que se me hace la boca agua al pensar en tan jubilante jubilación, en tan honrado y decoroso sibaritismo, y en tan verdadero gaudeamus y otium cum dignitate.

Algo he extrañado, pero no para censurar, sino para aplaudir, que el Sr. Bellamy, que tantas cosas reforma ó trueca, todo lo deja como está ahora en lo tocante á las artes cosméticas é indumentarias, flirt, noviazgos y belenes. Así da nueva prueba de que en amor y en belleza no hay más que pedir. Hemos llegado á la relativa perfección que, en lo humano, cabe en lo erótico y en lo estético. Lo que podrá conseguir el nuevo organismo social es democratizar la belleza, á saber: que haya más muchachas bonitas, y que no abunden las feas. También se conseguirá, implicado en el progreso del arte macrobiótica, que la hermosura y la edad de los amores duren doble ó triple.

Me pasma que una cosa que aquí, en España, acabamos ahora de establecer como gran progreso, la deseche el Sr. Bellamy como barbaridad ó poco menos. Hablo del Jurado. Aunque en su República ó Utopía apenas ha de haber ignorantes, y en cambio ha de haber pocos pleitos que sentenciar y poquísimos delitos que castigar, todavía entiende el Sr. Bellamy que la ciencia del derecho es tan sublime y la administración de la justicia función tan egregia, que sólo á los sabios la confía, mirando como profanación sacrílega que cualquier ciudadano lego intervenga en ella.

Hay otro punto trascendental, en que (yo lo celebro) va el Sr. Bellamy contra la vulgar corriente progresista. No quiere que la mujer ejerza los mismos empleos públicos que el hombre, y sea, v. gr., alcaldesa, diputada, ministra, senadora ó académica. Todo esto le parece de una insufrible y antiestética ordinariez: lo que por acá llamamos cursi. La mujer, en su sistema, reinará en los salones; influirá en todo más que el hombre; inspirará á éste los más nobles sentimientos y altas ideas; le seguirá puliendo y gobernando y mandando, como ha sucedido siempre; y hará que él, por el afán de complacerla, enamorarla y servirla, sea ó procure ser dechado de virtudes y modelo de distinción; discreto, limpio, peripuesto y atildado.

Encanta considerar lo mucho que se disfruta con el nuevo sistema ya establecido. La lucha entre el capital y el trabajo cesa por completo; No hay competencias entre fabricantes del mismo país, ni entre industrias de diversas naciones. Y no hay, por consiguiente, ni aduanas, ni derechos protectores, ni huelgas, ni ruinas y bancarrotas por competir. No hay tampoco un solo soldado que mantener, ni un solo barco de guerra que costear, ni instrumento de destrucción que pagar caro, ni bronce que fundir sino para campanas que repiquen, ni pólvora que gastar sino en salvas.