Síguese de aquí la supresión de multitud de gastos tontísimos; del desorden y del despilfarro que la guerra industrial y la guerra de armas y aun la paz armada ocasionan, y de un enjambre de zánganos ó personas inútiles para la producción de la riqueza, ya que se emplean ó en dislocarla jugando á la Bolsa y en otras especulaciones y operaciones, ó en impedir ó aparentar que impiden que la disloquen, manteniendo lo que ahora se llama orden público, aunque, según el Sr. Bellamy, es un caos enmarañado.
Resultará de tan atinada supresión que nademos en la abundancia, sin que ahogue la plétora de productos. Con el trabajo moderadísimo, que durante veinticuatro años ha de dar cada individuo, bastará y sobrará para que vivamos todos como unos nababos ó reyes durante noventa años.
Varios descubrimientos científicos, previstos ó columbrados por el Sr. Bellamy, conspiran á este fin. El sol, la electricidad y otras energías ocultas en fluidos impalpables, ó en el éter primogenio, nos prestan calor, luz y fuerza productora y locomotora. En vez de enviar por el correo paquetes postales, van por tubería desde los almacenes, con una velocidad de todos los diablos, trajes, brinquillos, alhajas y hasta pianos de cola y coches de cuatro asientos. Tal modo de remitir, ó su artificio, se llama el teléstolo ó el telepístolo, y es complemento del telégrafo y del teléfono.
Este último, el teléfono quiero decir, se ha perfeccionado ya por tal extremo en nuestra Utopía, que cada cual le tiene en su casa, y sin salir de ella, oye, si quiere, óperas, comedias, sermones y conferencias de Ateneos y Universidades, sin perder nota, ni palabra, ni tilde.
En resolución, sería cuento de nunca acabar si quisiese yo explicar aquí, con todos sus pormenores, lo bien que estará el mundo dentro de ciento trece años.
Todo esto es maravilloso, pero lo es mil veces más lo que he sabido por cartas y periódicos de ahí, y singularmente por el número de Febrero último, que usted me ha enviado, del Atlantic Monthly, excelente Revista de literatura, ciencias y artes, que se publica en Boston.
En los Estados Unidos ha entusiasmado Looking backward, no sólo como libro de mero pasatiempo, sino como programa práctico de renovación y salvación sociales.
Más aún que en el triunfo anti-esclavista influyó la celebrada novela de la Sra. Harriet Beecher Stowe, se aspira á que influya la novela del Sr. Bellamy en otros triunfos más completos y en la realización de otras novedades mayores.
Se ha formado un partido, nationalist party, del que es Vademecum la novela Looking backward. El nuevo partido se organiza y cuenta ya con ciento ochenta clubs, esparcidos por varias poblaciones. Hasta ahora no ha acudido este partido á los comicios ó á las urnas electorales; pero acudirá pronto. Dicen que se han alistado en él más gente de refinada educación y más mujeres que obreros. Hay en él, añaden, a large amount of intellect and comparatively little muscle, como si dijésemos, pocos músculos y muchos nervios; pero, como quiera que sea, si es admirable que sobre un libro de imaginación, que sobre un ensueño poético, se funde un partido, no es menos admirable la calmosa serenidad con que se miran en los Estados Unidos estos movimientos socialistas, que por aquí asustan ó inquietan no poco á los burgueses y á los ricos.
Yo tengo muy buena opinión de los ingleses y de sus descendientes los anglo-americanos. Creo que son ustedes menos sensatos que lo que nosotros creemos y que lo que llamamos ser sensatos, esto es, que la sensibilidad y la fantasía son en ustedes poderosísimas. De aquí la facilidad con que se entusiasman por un libro ó por una teoría. Hará ocho años que Enrique George publicó una obra socialista, que se hizo tan famosa como la del Sr. Bellamy. También de ella se vendieron centenares de miles de ejemplares. Los conservadores de ahí, y no hay que negar que tienen gracia en esto, convierten en argumento contra las censuras de la actual sociedad, que se leen en tales obras, ese mismo pasmoso éxito que las obras obtienen. Bellamy y George describen al pueblo, antes de sus reformas, sumido en horrible pobreza, ignorante, rudo, por culpa de la sociedad. Por bajo de los ricos, dichosos y educados, hay, suponen, una hambrienta y ruda caterva de esclavos del trabajo. A lo cual los conservadores responden: «Si las cosas son así, ¿de dónde salen los trescientos mil sujetos con dinero de sobra para comprar los libros de ustedes, y los millones de sujetos con tiempo y humor para divertirse leyéndolos? Si estuviesen hambrientos no leerían para distraer el hambre». Pero, en mi sentir, no tienen razón en esto los conservadores. Puede haber en un país de sesenta millones de habitantes trescientos mil compradores de un libro que valga tres pesetas y mucha hambre y mucha miseria además.