El Atlantic Monthly trae un extenso artículo de un Sr. Walker, refutando las doctrinas del señor Bellamy y del partido nacionalista. Yo, en ciertos puntos, doy la razón al Sr. Walker; en otros no puedo dársela, y en bastantes puntos, lo confieso, me apesadumbra que el Sr. Walker tenga razón. Es un dolor que ideal tan agradable se desvanezca; que se reduzca á ensueño fugaz un porvenir tan magnífico y próximo.
La verdad es que, como el héroe de la novela, Julián West, se pasa durmiendo los ciento trece años durante los cuales cambia la faz del mundo, Julián West no ve cómo se verifica el cambio. Bellamy se guarda de decirlo, y su impugnador Walker no se hace cargo tampoco de esta importantísima mutación, completa ya en el segundo milenio de la Era Cristiana.
Bellamy, cuando empezó á escribir su novela, puso el cambio mucho más tarde. La reaparición de Julián West, en el mundo renovado, ocurre en el tercer milenio; en el año de 3000. Después reflexionó Bellamy que, al poner tan largo plazo, si bien hacía la mutación mucho menos inverosímil, casi quitaba toda mira práctica á su libro, pues no se forma partido militante, ni se organizan clubs, ni se escriben plataformas ó programas, por meramente posibilista que se sea, para realizar algo dentro de mil ciento trece años. Entonces rebajó mil años, y dejó sólo ciento trece.
Por lo visto era indispensable, ó por lo menos conveniente y apocalíptico, que la renovación se nos revelase en un milenio. Durante mucho tiempo, en el horror y en las tinieblas de la Edad Media, imaginaron los hombres que la fin del mundo sería el año 1000. Ahora que vivimos mejor, hemos adelantado mucho y no debemos estar desesperados, importa imaginar, para el año de 2000, una risueña y deleitosa Apocalipsis.
Al imaginarla y escribirla, nos presenta Bellamy su nueva Jauja, su nueva Jerusalén ya fundada; pero tiene la astucia de no hablar de la destrucción de la ciudad antigua sobre cuyas ruinas se levanta la nueva.
Sin duda ha omitido esto, pasándolo en silencio mientras duerme Julián West, á fin de no aterrar al público.
Supongamos perfectamente realizable el plan de Bellamy, sin que tenga cambio radical la humana naturaleza; todo por obra del mecanismo social.
Para destruir el actual mecanismo, que tantos intereses sostiene, y para destruirle pacíficamente, por evolución, como Bellamy quiere que sea, así en la novela como en el programa publicado después por su partido, me parecen pocos los mil ciento trece años. Y si la destrucción ó la mudanza ha de ser sólo en ciento trece años, entonces no será por evolución, sino en virtud de una revolución tremenda y de encarnizadas y horribles guerras sociales. No de otra suerte se concibe que los que tienen se dejen despojar de cuanto tienen para que el pueblo se incaute de ello, y, sin quedarse con nada, se lo entregue al Estado, que venga á ser, como representante y gerente de la nación, el único capitalista.
Aunque para el despojo de los propietarios se valga la nación ó el Estado, su gerente, de mil habilidades, no conseguirá que no sea despojo, ni que tranquilamente se consume. El medio más suave que se ve es dar un plazo á los tenedores de papel de la deuda; pagarles hasta entonces algo más de tanto por ciento, y anunciar que después no cobrarán nada. Esto bastará para que los fondos bajen á cero y quede la deuda destruída. A todas las grandes empresas industriales se les podrá fijar un plazo también á cuya espiración todo será del Estado, como los ferrocarriles. Y en cuanto á los pequeños industriales, labriegos, terratenientes, etc., se les podrá ir poco á poco aumentando la contribución, hasta que adviertan que es una tontería quebrarse la cabeza cuidando de los instrumentos de producción, tierra, aperos de la labranza, etc., para entregar luego al Estado casi todo lo producido. Entonces dirán al Estado, quédate con todo, ó, sin que se lo digan, el Estado se quedará con todo para cobrarse de lo que deban á la Hacienda pública.
De esta suerte, y á mi ver no sin violentísima oposición, que será menester sofocar, se logrará la primera parte del programa del Sr. Bellamy: que se convierta en hacienda pública cuanta hacienda haya.