Verificada así la incautación total, quedará por cumplir la segunda parte del programa, que me parece mucho más difícil todavía; que el Estado incautador nos alimente, nos vista, nos divierta y nos regale á todos con esplendidez y elegancia, sin que cada uno de nosotros le dé más que el trabajo que podemos dar en un poquito más de la cuarta parte de nuestra vida, ya que las otras tres cuartas partes quedan para holgarnos.
A toda persona profana se le ofrecen montes de dificultades para que se realice, sin tropiezo, plan tan exquisito. Lo primero que cree necesitar es una fe tan profunda y una confianza tan omnímoda en el Gobierno, convertido en capitalista, como la que Cristo en el Sermón de la Montaña, nos recomienda que tengamos en nuestro Padre que está en el cielo, el cual nos dará el pan de cada día y cuanto nos haga falta por añadidura, de suerte que, sin preocuparnos del día de mañana, viviremos como los pajaritos del aire, que no acopian trigo en graneros y Dios los alimenta. Lo segundo que nos asusta es la serie de borrascas parlamentarias y aun de pronunciamientos que habría (en España, pongo por caso) para quitarse el poder unos á otros, si el poder se extendiese á repartirlo todo, cuando hoy nos alborotamos tanto por repartir, quiero suponer, para que no se me tilde de exagerado, la tercera parte, á lo más. Y lo tercero que aterra es la inhabilidad vehementemente sospechada en que pudieran incurrir los encargados de dirigir todas las operaciones de la riqueza (producción, circulación y consumo), cuando hoy yerran tanto los Gobiernos, sin emplearse apenas sino en repartir y en consumir. Sabido es que lo más difícil de esta ciencia, arte y oficio de la riqueza, es el producirla. Repartirla y consumirla es mucho más llano; y hasta ahora los Gobiernos casi no se emplean sino en repartir y en consumir, á no ser que se considere producción el orden y la seguridad qué nos dan, ó que se presume que nos dan, por medio de la justicia y de la fuerza pública, para que los que producen algo lo produzcan tranquilamente y sin temor de que los depoje nadie, como no sea el Gobierno mismo.
Milita en pro de la vehemente sospecha de incapacidad de todo Gobierno para producir la riqueza, esto es, para ser fabricante, agricultor ó comerciante, la consideración de que el Gobierno vende ó arrienda y no administra lo que posee. En España apenas ejerce ya por sí otra industria que la del banquero en el juego de la lotería, pues vende las tierras que eran del Estado, y arrienda sus minas, y arrienda, por último, el monopolio del tabaco, con lo cual el público fuma mejor y más barato.
Todo esto lo dirán los no iniciados en las doctrinas y en el plan que expone en su novela Bellamy; pero los iniciados responderán que el nuevo artificio administrativo es tan prodigioso, que por su virtud, y no por la ciencia y buena maña de los administradores, ha de salir todo bien. Así, valiéndonos de un símil, cualquiera hallará absurdo el suponer que alguien, si ignora la música y no tiene ejercitadas y diestras las manos, toque en el piano, v. gr., la marcha del Tannhauser de Wagner; pero merced á cierta maquinaria y á ciertos cartoncitos que se han inventado, todo hombre, y hasta un niño si no es manco, toca al piano lo que quiere dándole á un manubrio.
Hay, pues, una nueva ciencia de la Administración, para cuyo estudio no es menester leerse el fárrago enorme, aunque digesto, recopilado por los Freixas y Clarianas, y Alcubillas. Basta con estudiar y empaparse bien en algunas páginas de Looking backward. Entonces, conocidos ó atisbados los recursos de que la nueva ciencia dispone, se cobra confianza, y se ve que hasta el más porro puede dar vuelta al manubrio administrativo.
Algo del portento de su mecanismo se presiente al observar los buenos efectos que hasta el mecanismo administrativo de hoy, con ser tan complicado, produce en ocasiones.
Cierto amigo mío (confieso que en extremo maldiciente) suponía sin motivo que un director general de Correos, que hubo muchos años ha, distaba bastante de ser un águila; y, sin embargo, añadía: ¿Quieren ustedes creer que recibo de diario todas las cartas que me escriben, sin que se extravíe una sola? De aquí infería él que la Administración era perfectísima, y que por sí sola hacía infaliblemente los servicios.
Aplicada á los demás ramos esta perfección del de correos, queda resuelto el problema y triunfante el plan de Bellamy, salvo que en otros ramos se requiere mayor seguridad para no andar siempre con el alma en un hilo; porque, si ponemos á un lado un corto número de nobilísimas almas, el vulgo de ellas se preocupa, más que de recibir tiernas epístolas, de recibir el corporal alimento, y prefiere el cuervo de Elías á todas las palomas mensajeras, aunque sean las del propio carro de Venus.
Pero, en fin, Bellamy afirma que por su sistema lo recibiremos todo con seguridad y regularidad indefectibles. El sistema de Bellamy merece, pues, ser examinado.
Para mí no valen algunos prejuicios con que los descontentadizos ó incrédulos, desde luego y sin examen, le desechan.