—¡Qué buena y qué loca eres!—dijo Inesita.
En seguida añadió:
—Vamos, quiero dar por cierto que el Conde nos siguió con entusiasmo; pero el entusiasmo ¿por qué había de ser yo, y no tú, quien le inspirase? ¿Crees tú que el Conde adivinó que estás casada?
—Indudable. No pudo creer de mí otra cosa, al verme sola contigo y al tenernos por mujeres honradas.
—Pero yo he oído decir que los libertinos persiguen más a las casadas que a las solteras—prosiguió Inesita con la terrible franqueza de su inocencia casi infantil.
—No es regla general. Voy, sin embargo, a conceder que lo es. Todavía afirmo que no hay regla sin excepción, y que en este caso el Conde ha perseguido a la soltera.
—¿Y por qué lo afirmas?
—Porque lo he visto.
—Yo no vi nada, porque no miraba.
—Apruebo que no mirases. Ese recato, esa indiferencia tuya, picaron al Conde. Si llegas a mirarle te hubiera seguido, aunque más audaz, con menos empeño.