—Entonces tú, que le miraste, ya que observaste tantas cosas, ¿cómo no le hiciste formar ruín concepto de ti?

—Porque las casadas, cuando no somos muy tontas, usamos diversos estilos de mirar, y yo le miré como debía.

Inesita abrió los ojos y la boca, como espantada, al oír que había diversos estilos de mirar.

Doña Beatriz, sin desistir de su idea de que el candor de su hermana le daba más precio, empezó a reflexionar que, si este candor rayaba en ceguera, podía perjudicar a sus planes. Algo le pareció que convenía ya, cuando no desatar la venda, aflojarla un poquito. Era tiempo de iniciar a Inesita en los más sencillos misterios de este pícaro mundo. Movida por este pensamiento, añadió doña Beatriz:

—Sí, hija mía, hay diversos estilos de mirar.

—Está bien, hermana, ya me lo explico—contestó Inesita—. Aunque soy bastante boba e ignorante de todo, porque en el pueblo me he pasado la vida cosiendo, jugando a las muñecas, cuidando a nuestro anciano tutor y arreglando el altarito donde estaba San Antonio con el Niño Dios en los brazos, mientras que tú leías, estudiabas y conversabas, todavía se me alcanza que se mira de distintos modos: por ejemplo, con afecto y con indiferencia.

—Así es.

—Lo que no comprendo es por qué las casadas saben de eso, y no saben de eso las solteras.

—Porque las solteras no deben saberlo; porque si lo saben, deben aparentar que lo ignoran, y porque pierden mucho si miran con arte, a no ser tan maravilloso el arte con que miren, que ni el más ladino le note.

—Y dime, hermana, ¿no pudiera ser que, sin reflexionarlo, y en virtud de ese instinto, más inspirado y menos falible que la reflexión, mirase a veces una soltera boba tan bien o mejor que las más hábiles casadas?