Dicho esto, abrió la puerta, salió de la habitación y bajó precipitadamente la escalera.
Doña Beatriz volvió vacilando y tropezando hasta la sala. No podía ya sostenerse. Cayó desplomada en el sofá.
Después de un instante de calma y de silencio, rompió en gemidos y sollozos y vertió un mar de lágrimas.
Acudió entonces el ama Teresa.
—¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué lloras?
—Déjame, ama, déjame—contestó doña Beatriz—. Soy la más desventurada de las mujeres.
El ama Teresa insistió en vano en idénticas o semejantes preguntas.
Beatriz no le contestaba sino rogándole que la dejase.
Cansada, pues, y hasta algo picada de aquel sigilo con que de ella se recataba Beatriz, el ama Teresa se salió de la sala y se fué al cuarto de Inesita.
—Niña—dijo—, ¿no te levantas hoy?