Inesita, medio dormida aún, si bien tenía abiertas ya las maderas de la ventana, y el sol inundaba su cuarto, se incorporó un poco y contestó:

—Pues ¿qué hora es?

—Las nueve y media; cerca de las diez. De sobra es hora de que te levantes. Además es menester que te levantes. Hay grandes novedades. Paco Ramírez ha venido.

—¿Con mi cuñado?—preguntó Inés.

—Sin tu cuñado—dijo el ama.

—¿Y dónde está? ¿Se quedó en el lugar? ¿Por qué no viene?

—Lo ignoro. Sólo sé que tu hermana está llorando como jamás la he visto llorar. Sin duda ha ocurrido alguna gran desgracia. Beatriz nada ha querido decirme; pero algo ocurre de muy grave y lastimoso. Levántate, hija. Ve a consolar a tu hermana y a saber la causa de su dolor.

Inesita saltó de la cama llena de sobresalto. Se puso una bata, sin atender a más cuidado, por la precipitación, y corrió al saloncito, donde Beatriz se hallaba.

[XXI]

—¿Qué tienes, hermana? ¿Por qué lloras?—preguntó Inesita con mucho cariño apenas entró en el saloncito y vió a Beatriz tan afligida.