Como Beatriz no le contestase y siguiese llorando, Inesita se inclinó sobre el sofá en que estaba echada Beatriz, y volvió a hacerle las mismas preguntas, acompañadas de besos y caricias.

Beatriz no pudo ya resistirse; sentía además necesidad de desahogar su corazón, e incorporándose y teniendo a Inés a su lado, dijo con un suspiro:

—¡Qué desgraciada soy, Inés!

—¿Qué sucede?—interrumpió ésta.

—Que por mi culpa Braulio está celoso y se ha ido de casa y puede que no vuelva más.

—¿Y de quién tiene celos?

—Tiene celos del Conde de Alhedín.

—¡Vaya un desatino!—dijo Inesita—. Pues qué, ¿no ve claro que el Conde no tiene por ti mas que mera amistad?

—Eso no—dijo candorosamente Beatriz, la cual, en medio de todo, amando a don Braulio, llena de sobresalto por él, y arrepentida de su intimidad con el Conde, no podía conformarse con que el Conde no estuviese enamorado de ella.

—Eso no; yo creo que el Conde me ama; pero yo no le he amado nunca.