—Mira, hermana, no es tiempo de recriminaciones. Si hiciste mal en complacerte en ese supuesto amor, ya el arrepentimiento es tardío y estéril. Busquemos remedio a tu ligereza. ¿Ha ido Paco a buscar a Braulio?

—Ha ido.

—¿Y el Conde? El Conde es menester que también le busque. El Conde puede y debe explicárselo todo, y negocio concluído.

—¿Y qué es lo que el Conde tiene que explicarle?

—Que te respeta, que te quiere muchísimo, que se deleita en hablar contigo; pero que no te ama de amor, ni en ello ha pensado nunca.

—¿Y no mentiría el Conde al decir eso?

—No, hermana, ya es tiempo de declarártelo todo—. Aquí, Inesita, a pesar de su serenidad, que varias veces hemos calificado de olímpica, se puso roja como la grana—. Ya es tiempo de declarártelo todo—repitió—; el Conde tiene relaciones conmigo.

Estas palabras cayeron y estallaron como una bomba dentro del corazón de Beatriz. Malo y horrible era haber lastimado el alma de don Braulio por la satisfacción de verse idolatrada, según ella suponía; pero era peor y más horrible el haber motivado la tragedia por una vanidad sin fundamento; por haberse engañado ella a sí misma, creando en su fantasía una adoración y un amor que eran para otra mujer y no para ella.

Beatriz se mordió los labios de vergüenza y de despecho. Calló por un momento; pero las palabras acudían a su boca pugnando por salir y no pudo menos de exclamar al cabo:

—¡Has estado cruel y has sido traidora! He servido de pantalla. Me habéis hecho el blanco de la maledicencia. Os habéis conducido de suerte que todo Madrid me calumnia, que mi marido recibe anónimos delatándome, y que tal vez muera de dolor o se mate. Debéis estar satisfechos de vuestra obra.