—Bien sabe Dios—dijo Inés—que me duele en el alma de todo lo que te pasa; pero ni el Conde ni yo tenemos la culpa. Tú y Braulio sois muy extraños, cada cual a su manera; ambos os quebráis de sutiles, os pasáis de listos y os excedéis en el imaginar. Aquí no ha habido propósito deliberado de mi parte, ni de parte del Conde. Todo ha sido sencillo, natural, impremeditado. Acuérdate bien de todo. Vimos al Conde en los Jardines del Buen Retiro, y me excitaste a coquetear con él. ¿Es esto cierto?

—Lo es.

—¿Es cierto que hasta me diste lecciones de coqueteo, con el fin... pásame lo grosero de la expresión... más grosera es la idea... con el fin de ver si lograba pescarle para marido?

—También es cierto; no lo puedo negar.

—¿No te respondí yo entonces que el Conde estaba prendado de ti y no de mí, y no replicaste tú que la conquista debía hacerla yo y no tú?

—Todo es como dices.

—Pues bien, yo coqueteé siguiendo tu consejo, y todo te lo hubiera confesado, si no hubiera advertido en seguida que iba a darte un disgusto; si no hubiera advertido que, sin amar al Conde, te deleitabas en verle o en creerle rendido a tus pies. En un principio había hasta un motivo de delicadeza para no revelarte nada. Decirte que yo empezaba a coquetear con el Conde hubiera sido excitarte a que desistieses de la diversión de tenerle o de creer que le tenías enamorado y cautivo.

—Eso debiste hacer si hubieras sido franca y leal—dijo Beatriz.

—Difícil era hacerlo en un principio. Más tarde fué imposible. El mismo Conde (¿qué quieres?, los hombres son fatuos) llegó a presumir que tú le amabas, que tu amor era etéreo, purísimo, que estimabas a tu marido y que jamás le ofenderías; pero, en fin, que angélica o seráficamente le amabas. ¿Cómo desengañarte? Creyéndote él y yo en aquella disposición de espíritu, nos movimos más al disimulo, el cual, te lo confieso, ha sido extraordinario. Nos hablábamos poco, y nos escribíamos mucho. No podíamos suponer que nuestro amor tuviese las consecuencias desagradables que ha tenido. El Conde estimaba a Braulio. Braulio estaba tan encantado del Conde, que no recelaba de él, y que no vivía sin él. Braulio, que ha sido siempre tan hurón, buscaba al Conde y charlaba con él y jamás tenía celos de que hablase contigo. ¿Quién hubiera podido imaginar que los celos viniesen de repente, a deshora y cuando menos se temían?

—Inés, Inés, tu falsía ha sido espantosa, y sólo comparable con tu liviandad.