—Vamos, me alegro—interrumpió el conde—; pero cuidado, niño, que si la flor es delicada, puede marchitarse y deshojarse temprano.
—Ya de eso cuidaré yo—replicó D. Luis—. Veo que se juega. Me siento inspirado. Vd. talla. ¿Sabe Vd., señor conde, que tendría chiste que yo le desbancase?
—Tendría chiste, ¿eh? ¡Vd. ha cenado fuerte!
—He cenado lo que me ha dado la gana.
—Respondonzuelo se va haciendo el mocito.
—Me hago lo que quiero.
—Voto va...—dijo el conde, y ya se sentía venir la tempestad, cuando el capitán se interpuso y la paz se restableció por completo.
—Ea—dijo el conde, sosegado y afable—, desembaúle Vd. los dinerillos y pruebe fortuna.
Don Luis se sentó a la mesa y sacó del bolsillo todo su oro. Su vista acabó de serenar al conde, porque casi excedía aquella suma a la que tenía él de banca, y ya imaginaba que iba a ganársela al novato.
—No hay que calentarse mucho la cabeza en este juego—dijo D. Luis—. Ya me parece que le entiendo. Pongo dinero a una carta, y si sale la carta, gano, y si sale la contraria, gana Vd.