—Así es, amiguito; tiene Vd. un entendimiento macho.
—Pues lo mejor es que no tengo sólo macho el entendimiento, sino también la voluntad; y con todo, en el conjunto, disto bastante de ser un macho, como hay tantos por ahí.
—¡Vaya si viene Vd. parlanchín y si saca alicantinas!
Don Luis se calló: jugó unas cuantas veces, y tuvo tan buena fortuna, que ganó casi siempre.
El conde comenzó a cargarse.
—¿Si me desplumará el niño?—dijo—, Dios protege la inocencia.
Mientras que el conde se amostazaba, D. Luis sintió cansancio y fastidio y quiso acabar de una vez.
—El fin de todo esto—dijo—es ver si yo me llevo esos dineros o si Vd. se lleva los míos. ¿No es verdad, señor conde?
—Es verdad.
—Pues ¿para qué hemos de estar aquí en vela toda la noche? Ya va siendo tarde, y siguiendo su consejo de Vd. debo recogerme para que la flor de mi mocedad no se marchite.