—¿Qué es eso? ¿Se quiere Vd. largar? ¿Quiere Vd. tomar el olivo?

—Yo no quiero tomar olivo ninguno. Al contrario. Curro, dime tú: aquí, en este montón de dinero, ¿no hay más que en la banca?

Currito miró, y contestó:

—Es indudable.

—¿Cómo explicaré—preguntó D. Luis—, que juego en un golpe cuanto hay en la banca contra otro tanto?

—Eso se explica—respondió Currito—, diciendo: ¡copo!

—Pues, copo—dijo D. Luis dirigiéndose al conde—; va el copo y la red en este rey de espadas, cuyo compañero hará de seguro su epifanía antes que su enemigo el tres.

El conde que tenía todo su capital mueble en la banca, se asustó al verle comprometido de aquella suerte; pero no tuvo más que aceptar.

Es sentencia del vulgo que los afortunados en amores son desgraciados al juego: pero más cierta parece la contraria afirmación. Cuando acude la buena dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude.

El conde fue tirando cartas, y no salía ningún tres. Su emoción era grande, por más que lo disimulaba. Por último, descubrió por la pinta el rey de copas, y se detuvo.