—Sea—dijo D. Luis—. Quiero ser generoso.

El conde volvió a tomar la baraja y se dispuso a echar nueva talla.

—Alto ahí—dijo D. Luis—; entendámonos antes. ¿Dónde está el dinero de la nueva banca de Vd.?

El conde se quedó turbado y confuso.

—Aquí no tengo dinero—contestó—, pero me parece que sobra con mi palabra.

D. Luis entonces, con acento grave y reposado, dijo:

—Señor conde, yo no tendría inconveniente en fiarme de la palabra de un caballero y en llegar a ser su acreedor, si no temiese perder su amistad que casi voy ya conquistando; pero, desde que vi esta mañana la crueldad con que trató Vd. a ciertos amigos míos, que son sus acreedores, no quiero hacerme culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba más sino que yo voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prestándole dinero, que no me pagaría, como no ha pagado, sino con injurias, el que debe a Pepita Jiménez.

Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se puso lívido de cólera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el colegial, dijo con voz alterada:

—¡Mientes, deslenguado! ¡Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la grandísima...!

Esta última injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y caía sobre el honor de la persona cuya memoria le era más querida y respetada, no acabó de formularse, no acabó de llegar a sus oídos.