Y salió, cerrando tras sí la puerta.
Mauricio se quedó dando vueltas en torno al enigma que había dejado ante él la traviesa sirvienta; en la mente, la imágen ideal de Julia Lopez; en el corazon, el éco dulcísimo de su voz.
XVI
Una ruidosa invasion en la vivienda inmediata interrumpió aquellas cavilaciones.
Risas, remocion de muebles, apertura del piano.
Una mano inteligente, pero ¡ay! no la mano de aquella noche, recorrió el teclado con una avalancha de melodías.
—Por Dios, Rosita, acaricia ese obsequio de la señora D..., no lo aporrées—decía la voz que Mauricio sentía vibrar en su alma.
—¡Ah!—replicaba otra—esa intemperancia de manoteos es lo único que me desagrada en la escuela francesa.
—Y lo que yo nunca pude sufrir en Gottschallk—añadió la voz temblona de una vieja;—cerraba los ojos para no verlo en el piano; porque me parecía un caballo picado de tábanos. (Perdóneme el arte esta blasfemia).