—¿Entónces, Vd. me absuelve y no cree que he procedido mal?
—No, por cierto. ¿Qué daño hácia Vd. á esas señoritas en escucharlas?
—Es Vd. una excelente jóven; una verdadera francesa por su bondad y honrada indulgencia.
—El señor me favorece. Pero en verdad, nada tan natural. Un jóven se encuentra solo, encerrado como en una prision; oye de repente, cerca de sí, voces frescas que ríen y hablan; y aunque digan nimiedades que él no entiende, interésanle esos misterios femeninos y escucha. A fé mia, yo hubiera hecho otro tanto.
—Querida amiga, me alivia Vd. de una penosa preocupacion. Yo estaba confuso, avergonzado.
—¡Oh! ¡bah! pues yo pienso hacer más: quiero presentar á Vd. las señoras de esta casa; quiero que vengan á que Vd. haga con ellas íntimo conocimiento.
—¡Qué dice Vd. presentarme á ellas!
—Usted á ellas, no; ellas á Vd.
—¿Cómo puede ser eso? Vd. se burla.
—Ya verá Vd.—dijo ella con misteriosa sonrisa.