—Pero si no ha comido ni el peso de un adarme. Un cachito de pan y medio trago de vino. ¡Jesús! no lo haría peor un cartujo.—

¡Nada! Más pegado todavía á la cuartilla, Mauricio, callando como un muerto, escribía, escribía.

La astuta camarera, dando otro giro al ataque:

—¡Poder de la curiosidad!—exclamó.—Dos jóvenes charlan en la vecindad. ¿Qué dicen? Fruslerías, fruslerías, que, sin embargo, el señor, de pié, quietecito y el oído en acecho, escucha, al parecer, tan absorto, que no me siente llegar, ni el ruido que hago al servirlo.—

Con gran contento de la pillastrona, aquella bomba produjo el efecto deseado.

Mauricio se enderezó; y volviéndose vivamente hácia ella:

—Mi buena Renata—díjole estrechando sus manos—espero que esas señoras no quieran hacerme un calvario por el inocente placer de haber escuchado, no sus palabras, sino el éco dulcísimo de su voz.

—¡Vaya! no le harían á Vd. un calvario y sí hasta dos, si lo supieran. Pero, ¿quién ha de decírselo? No seré yo, por cierto; yo, que cuando estaba allí con ellas, ya imaginaba que usted estaba ocupado en escucharlas. Porque, señor, para juzgar de los otros con acierto, no hay como poner la mano sobre el propio corazon.

Así, cuando encontré á Vd. extático, no lo tomé á novedad.