XV

Cuando el silencio, así en torno suyo como en el vecino cuarto, despertó á Mauricio de su profunda absorcion, encontróse con la pluma en la mano, de pié é inclinada la cabeza ante la cortina de damasco azul... ¡escuchando!

Detrás de él, en una esquina de la mesa, primorosamente servido, entre un dorado pan y una botella de vino, yacía un apetitoso almuerzo enteramente frio.

Aquellos exquisitos manjares parecían resentidos: el bife hacía una mueca, y la tortilla tenía todo el aire de una coqueta ofendida.

Solo las primaverales fresas, agrupadas en su fruterito de porcelana, sonreían á Mauricio y le decían con su incitante perfume—gústanos. Nosotras somos buenas y perdonamos tu desvío.

Avergonzado de su indiscrecion, apenas tocó el almuerzo. Tomó un bocado de pan, dos fresas y un dedo de vino. Y como sintiese los pasos de Renata, volvió de nuevo á su trabajo, agachado sobre el papel, para evitar la mirada fisgona de la camarera.

Pero en vano: la parlanchina francesa habíase propuesto tirarle la lengua, y mientras quitaba el cubierto:

¡Lástima de solomito!—decía;—¡lástima de dorada fritura! Ni con el lábio las ha tocado.—

¡Nada! Mauricio, pegado á la cuartilla, no se daba por entendido; y escribía, escribía.

Y la pícara, en su empeño, continuaba: