XX
Cuando Mauricio volvió en sí, despues de largos dias de estar entre la vida y la muerte, encontróse en su cuarto, acostado en su cama, el pecho cubierto de vendas, bajo las que sentía, sin darse cuenta de ello, la punzada de un dolor sordo y persistente.
A la semiclaridad que penetraba al través de espesas cortinas en puerta y ventana, Mauricio divisó dos personas sentadas al lado de la cama.
Aquella que estaba enfrente á él, era una anciana.
¿Conocíala?
No podía recordarla, pero creía haberla visto otra vez....
De pronto, se sobresaltó, y en su corazon hízose un gran tumulto....
Sobre una falda negra, lo único que descubría de la persona sentada á su cabecera, habíase extendido una mano blanca, fina, satinada, con uñas rosadas y transparentes.
¡Oh! esa mano sí, la conocía él. La distinguiría entre mil otras manos bellas, porque la tenía presente, siempre, desde que la vió enjugando lágrimas en la rada de Pouillac.
Mauricio quiso volverse para mirar al dueño de aquella mano; pero al primer movimiento sintió un dolor agudo que le obligó á quejarse.