Sus dos enfermeras se inclinaron hácia él.

—¡Cuidado, mi hijo!—díjole la una—¡Quietud y tranquilidad! Así lo prescribe el médico.—

La otra guardó silencio; pero fijó en Mauricio una mirada de dulce conmiseracion que llenó de delicias su alma.

A la luz de aquella mirada, los recuerdos acudieron en tropel á su mente.

Los retratos del album; su amorosa contemplacion; el grito de alarma; el despertar de su arrobamiento; su entrada en aquel interior desconocido; los semblantes aterrados de sus vecinas; su lucha con los ladrones, su herida... Despues, allá, como entre nieblas, un largo anonadamiento.

Sus dos enfermeras habían vuelto á sus puestos.

Mauricio cerró los ojos y se quedó inmóvil, entregado á un dulce desvarío.


XXI

Llegó el médico, y tras él las vecinas, que venían á escuchar el diagnóstico del facultativo.