—¡Qué mozo feliz!—concluyó—¡rodeado de enfermeras tan bellas!

—¡Ah! doctor—dijo la anciana, que no era otra que la señora de Sanabria—es lo menos que debemos á nuestro salvador. Sin él nos habrían degollado aquellos desalmados.

—Y Vd. perdido sus joyas.

—Y mis billetes de banco: cinco mil nacionales, doctor.

—¡Demonios! ¿Creo que los tres están en poder de la justicia?

—¡Ay! ¡si! ¡Pobres!

—Doctor, el enfermo tiene mucha sed. ¿Qué bebida le daremos?

—Orchata con hielo, á discrecion.