Era que Mauricio comprimía el aliento para mejor escuchar el cuchicheo de aquellas nimiedades que, inmensamente, sin embargo le interesaban, porque Julia tomaba parte en ellas.

—Es hora de renovar el apósito; pero el doctor ha recomendado que se le guarde el sueño.—

A la idea del contacto de esa mano que iba á posarse en su pecho, Mauricio sintió un estremecimiento delicioso que le recordó la leyenda del condenado que, camino del infierno, se despeñó en una sima y.... cayó en el cielo.

—Al cabo llega Vd., Renata.

—¡Ah! señorita Julia, en este momento acabo el arreglo de los cuartos. ¿Cómo vá el caballero? ¿Debe tomar alguna bebida?

—Orchata con hielo. Vaya V. á traerla de la Confitería «La Gema.» No de otra parte, porque allí la hacen deliciosa. Al volver, compre Vd. de paso el hielo en cantidad bastante á cubrir la garrafa. Porque el hielo dentro del líquido, es malsano.

—Yo creía que la mejor orchata es la que se hace al minuto: pisando la almendra en el momento de confeccionarla.

—Yo tambien creía eso; pero un dia tomé una orchata en «La Gema» y declaro que es esquisita.

—Qué magníficos aguinaldos han llegado á esa confitería; qué lujo y variedad de bombones; qué delicadas masas, y los dueños, los hermanos Baez, tan afables y corteses.