—¡El, desde luego! Es su patria.

—Pues, hé ahí, que, en la ciudad natal, Madrid, aguardábale un gran pesar; uno de esos pesares que es necesario haberlos sentido para poderlos comprender.

El dia mismo de su llegada á la Corte, hijo amante, fué á visitar los sepulcros de sus padres, que, diez años antes, había dejado con un adios de lágrimas y plegarias.

Pero al llegar al sitio que antes ocupaba el cementerio, no pudo reconocerlo. Reemplazaban al fúnebre recinto, calles y edificios....

—¡Ay! ¡padre querido!—murmuró Julia, juntas las manos—¡quién me dice á mí, que cuando algun dia me sea dado ir á buscar tus amados restos, no encuentre desaparecido el sepulcro que los guarda!—

Mauricio envió una execracion al destino, que le negaba la dicha de realizar para Julia esos anhelos, que constituian la felicidad de su alma.

Execró, sobre todo, la vanidad de esa utopía que tanto tiempo había mecido sus ensueños. Querer es poder...

—El relato de Vd. misia Laurencia, ha entristecido á Julia.

—Pésame de ello. En verdad, que estas pláticas en que se mezcla el dolor, despiertan siempre écos de reminiscencia en algun corazon. Hablemos de otra cosa.

—¡Qué bien duerme nuestro enfermo! Si parece que no respira.—