—Sí: y más que uno: dos—repuso Mauricio.—La resignacion y el trabajo.

—¡La resignacion! ¡el trabajo!—replicó el interlocutor con forzada risa.—Solo tú puedes decir eso; tú, que no contento con la tarea diaria, la has subido á catorce horas. Catorce horas, pluma en mano, encorvado sobre la implacable cuartilla, y precisamente, apenas en convalecencia de la terrible herida que casi te lleva al sepulcro.

—Sin embargo, ya lo vés: estoy sano y fuerte. Un poco de sueño; á veces, un poco de fatiga; pero se piensa en el fin propuesto, y todo eso vuela y se desvanece.—

Hablando así, Mauricio consultó su reloj.

—Las siete—Y levantándose, fué á tomar de una percha su sombrero.

—¡Las siete! ¡Con qué desenfado lo dices! ¿Sabes que has estado sentado ahí, escribiendo desde las nueve? ¡Diez horas! ¡Ah! hombres como este son un pésimo ejemplo en la Redaccion.

—Y tú, que así hablas, querido Emilio, eres uno de sus mejores obreros.

—A más no poder: Sábelo.

—Notificado—dijo Mauricio, sonriendo.—Ruégote que al salir digas al Regente que me tenga listas las pruebas para las once.

—Y correccion hasta las dos de la mañana. Suma: ¡catorce horas!... ¡Adios, escriba!