—Adios, fariseo.—

Y ambos rieron.

Mauricio cerró su carpeta y se fué.

Emilio se extendió perezosamente en su silla; encendió un cigarro, que aspiró con ánsia; y arrojando una larga espiral de humo, entornando los ojos—¡Deliciosa fruicion!—exclamó:—¿qué no haces tú olvidar?... Y sin embargo, Mauricio te desdeña. Uncido á un rudo trabajo, pegado ahí, á esa mesa de redaccion, hasta los codos en la seccion editorial; cronista, traductor, folletinista, corrector de pruebas: ¿á qué móvil obedecerá ese anhelo de aglomerar sueldos? Él, no es avaro ni derrochador; no frecuenta clubs ni bailes; por tanto, ni juega ni galantea. En los teatros tiene las entradas de periodista. ¿A qué tanto afan de ganar dinero? ¿qué hace de él? No es mucho, en verdad; pero ¿qué hace de él? Enigma insoluble es para mí este jóven, tan franco, sin embargo, y tan bueno...

Y Emilio dejando la pluma en largo holgorio, quedóse engolfado en sus pensamientos y en el humo de su cigarro.


II

Mauricio se alejó con el paso presuroso, habitual en aquellos que tienen contado el tiempo.

Aunque en la plácida edad de veinte años, y bello y apuesto, hay en la expresion de su semblante esa gravedad melancólica, signo de un destino adverso.

En verdad, adverso había sido el destino para Mauricio: adverso desde la cuna, mecida por manos extrañas, desierta de cuidados y caricias.