Y no fué esto solo ¡ay! no fué esto solo.
Cárlos Ridel, subyugado por una pasion que causó la muerte á su esposa, llevando todavía el luto de la viudez, dió una sucesora á la difunta; á su hijo una madrastra.
¡Madrastra! Al solo pronunciar esta palabra de aspereza siniestra, compréndese la tristura de esos pobres niños que crecen temerosos, acoquinados, bajo aquella sombra fatídica.
Para ellos no existen las alegrías del hogar. Siempre espiados por la mirada suspicaz de un fiscal inexorable que les achaca á delito su gozosa turbulencia, su inocente espontaneidad, vuélvense taciturnos, desconfiados; ocúltanse para reir; ocúltanse para llorar; y en el primer albor de la vida, aprenden esa triste ciencia de la vejez: el disimulo. ¿Ni qué otro recurso les queda? ¿A quién volver sus ojos?
La casa paterna se ha tornado para ellos en campo enemigo, donde todo les es hostil, hasta su mismo padre á quien no le es dado mostrárseles propicio, so pena de despertar celos retrospectivos, que empeoren la situacion tristísima de esos náufragos de la vida.
Tal suerte cupo á Mauricio.
Víctima de una semejanza que importunaba á su padre como un remordimiento, á su madrastra como una vision de ultratumba, vióse un dia arrebatado de su casa y entregado al capitan de un buque inglés, que lo llevó á Europa y lo encerró en un colegio.
Aunque del hogar de sus padres, el pobre niño, solo guardara crueles recuerdos, la lengua materna, el suelo de la patria, su aire, su luz, éranle necesarios, y languideció, echándolos de menos.
Por dicha suya fué el «bello país de Francia,» la hospitalaria Paris, el lugar de su destierro.