—Sin embargo—dijo Julia, cuando el médico se hubo ido—por más que el doctor encuentre el pulso excelente, yo veo el ánimo de Vd. decaido... ¿Qué siente Vd.?
—¡Qué siento! Deploro ver llegar la salud, que vá á robarme la presencia de Vd. y volverme otra vez para Vd. un extraño.
—¡Ah!—respondió Julia, en tanto que el rubor encendía sus mejillas—yo creía que el dolor había hecho nacer en nosotros un sentimiento de fraternidad por ambos comprendido y tácitamente aceptado.
—¡Fraternidad! ¡oh! no se llama así el sentimiento profundo, inmenso, que llena mi alma. ¿A ese lo acepta V.?—
Julia, bajos los ojos, callaba.
—¡Ah! ¡deje V. que interprete en mi favor ese silencio; indíquemelo una palabra sola, una mirada!—
Las miradas de los dos jóvenes se encontraron.
Y la mano blanca, fina, satinada, de uñas trasparentes y rosadas, se posó en las manos de Mauricio, que la llevó á sus lábios.
—¿Para siempre?—demandó el uno.
—¡Para siempre!—respondió el otro.