Y quedaron así, juntas las manos, silenciosos, la mente llena de radiosas visiones.
—Esposa mia,—dijo Mauricio, saboreando con delicia esta palabra,—permíteme sellar nuestra eterna union, colocando en tu mano esta prenda misteriosa que llevé siempre conmigo desde niño, sin saber quien me la diera ni de donde me venía: persuadido solamente de que perteneció á mi madre porque lleva sus iniciales y la fecha de su matrimonio.—
Hablando así, Mauricio quitó del dedo meñique de su mano un anillo de oro y lo pasó al anular de la de Julia.
La jóven besó aquella reliquia con religiosa uncion.
Su bello semblante habíase tornado grave; su voz suavísima tomó un acento solemne.
—Si yo dudase—dijo—si yo dudase de la intervencion sobrenatural en nuestro terrestre destino, desde esta hora habría comenzado á creer en ella.—
Y abriendo el secreto de un medallon de esmalte negro que llevaba al cuello, tomó otro anillo de oro que presentó á Mauricio.
—He aquí—le dijo—la alianza nupcial de mi padre, que yo recogí de su mano, helada ya por la muerte.
Los que moran en el cielo, envían á sus hijos en estos signos visibles, su bendicion.—