En ese momento las paseantes del jardin invadieron el cuarto, llenos pañuelos y sobrefaldas de hermosas rosas primaverales, que esparcieron sobre la cama de Mauricio; en los muebles y hasta en el pavimento.

—Así se quitan los engreimientos—decía riendo, la señora Sanabria.—Seguid, señoritas, echadle flores; date lilia, como dice Ovidio.

—¡Ah, señoras mias—dijo Mauricio, profundamente conmovido—¡cuánta bondad! ¿Cómo podré yo, jamás, hacerme digno de ella? ¡Razon tenía el doctor, que me llamaba feliz!

—¡Ah pícaro! ¡hacía el muerto y nos escuchaba! ¡Niñas, esto merece juicio y castigo! ¿á qué pena le condenarán Vds.? Eso sí, ¡por Dios! no ser tan rigorosas como la otra vez.—

Tras breve cuchicheo, alzóse una voz que exclamó:

—Condenado á la concesion antes negada: á ser nuestro comensal.

—¡Bravo!

—¡Bravísimo!

—Honorable tribunal: No sé donde existe la costumbre de que el reo, despues de oir su sentencia, bese la mano á sus jueces. Yo pido esa pena más, en mi cruel condenacion.—