Las jóvenes tendieron al sentenciado sus blancas manecitas.
Las viejas, todas muy discretas, lo eximieron de esa verdadera penitencia.
XXVI
Como se acercara la hora de la comida, á la que segun lo había declarado el doctor y sentenciado el tribunal, Mauricio debía asistir, las señoras se retiraron para dejarlo vestirse y hacer ellas su propia toilette.
Las jóvenes que iban riendo entre ellas—¡Adios! decían, magestuosos peplums.
—¡Adios! ¡encantadoras túnicas griegas de perdidas mangas y dorados flecos!
—¡Adios! redecillas de perlas.
—Bandas caballerescas, ¡adios!