Armada de plumero y escoba y en las manos una gran jarra con agua, la curiosa camarera se precipitó, más bien que entró en el cuarto.

—¡Gracias á Dios!—exclamó—He aquí otra vez al señor, sano y listo como antes....... y mejor que antes, ¡bah!....... ¡amado por aquel ángel del cielo!......

—¿Qué dice Vd. Renata? No comprendo...

—¿No comprende el señor? Yo sí. ¡Ah! si hubiera visto el señor las lágrimas que yo he sorprendido, cuando él estaba tendido, cerrados los ojos, y que el doctor auguraba tan mal.

Pero ya, ya todo pasó; y yo que creía que no podían ser ya más bellos aquellos ojos que inundaba el dolor, veo que son divinos inundados por la felicidad.

—Renata, Vd. es el órgano de los enigmas.

—¡Qué semejante el anillo que la señorita Julia tiene en el dedo al que Vd. llevaba antes en el meñique!...... Pero lo más particular es que ese que lo ha reemplazado, es idéntico á otro: una reliquia que ella guarda en su medallon y aplica á sus lábios cuando reza.

—Nada tan natural, somos novios y hemos cambiado alianzas—dijo Mauricio, en la inminente necesidad de poner en buen camino el ánsia curiosa de la camarera.

Oyóse de nuevo la campana y madame Bazan vino muy contenta, en busca de Mauricio, para llevarlo al comedor.