En esta introducción, Philesius Ringmann escribió todo lo que está en verso. Los dos Lud son los autores del resto, según está en la edición de Setiembre de 1507, salvo las cinco figuras, que son trabajo manual de Waltzemüller. Este último no contribuyó más que con algunas frases ordenadas por Lud en la primera edición, y que montan á muy poca cosa. De ellas hablaremos adelante.

Parece que antes de la impresión surgieron dificultades entre Waltzemüller y los dos Lud, según lo demuestra la dedicatoria de Hylacomylus, en la segunda foja Aij., donde habla de “las intrigas de sus rivales.” Al admitir que tuvo colaboradores, que sin embargo no nombra, Waltzemüller no concedió á su amigo Ringmann más paternidad que la de dos piececitas en verso, firmadas Philesius. La primera dirigida al emperador, al reverso de la carátula de la Introducción, y la segunda, á los lectores, al reverso de la foja bij., que lleva la carátula de la traducción latina de las Quatuor Navigationes. La primera es un decastichon, ampuloso y ridículo, que termina con un elogio á quemaropa del “autor que con admirable talento ha preparado este tratado general.” Evidentemente Waltzemüller era vano, desprovisto de toda modestia. Lo que es Ringmann, siempre chistoso, versificaba á propósito de todo, y sobre todo asunto. Era poeta fácil, demasiado fácil. Observemos como tuvo cuidado, en el vago de la poesía, de decir preparado, en lugar de ejecutado ó escrito este tratado general. Esa gradación misma deja ver, que fué más dirección y preparación, que trabajo original.

La segunda pieza se compone de once dísticos de versos elegiacos, dirigidos á los geógrafos del siglo XVI. Ringmann la había publicado ya, dos años antes, en Strasburgo, á la cabeza de la primera carta de Vespucci á Laurent Pierre François de Médicis, que lleva el título de: “De ora antártica,” etc., etc., imprim. de Mathias Hupfuff, 1505. Solo con la diferencia que entonces dió á Vespucci el nombre propio de Albericus, reemplazado por el de Americus en el libro de Saint Dié. Él no se paró en esto: su númen satírico y chistoso estaba muy por encima de las cuestiones ortográficas de los nombres propios; y desde el momento que el canónigo Jean Basin tuvo por conveniente usar Americus, en lugar de Albericus, Ringmann le siguió sin pestañear. Como todos los amigos de lo jocoso, era hombre de fácil composición.

De Jean Basin, traductor de las Quatuor Navigationes, el autor del decastichon elegantemente versificado, que sigue á la carátula, y de la extraña equivocación que le hizo poner la segunda carta de Vespucci, como dirigida al rei René, duque de Lorena;—de Jean Basin, autor del nombre Americus dado por primera vez á Vespucci, y del nombre América, dado también por primera vez al Nuevo Mundo, no dice una sola palabra, pero ni siquiera deja lugar á sospechar su presencia. El verdadero autor, aquel de quien proviene toda la celebridad del librito de Saint Dié, el que bautizó al Nuevo Mundo, ni siquiera es nombrado! Tampoco se encuentran en parte alguna sus iniciales—Jean Basin era tan modesto, como poeta y literato elegante.

En cuanto á los dos Lud, no aparece de ellos en el librito más que sus monogramas en el colofon, y eso solo como impresores.

En fin, para corona de todo, Martin Waltzemüller, con audacia inaudita, se da por autor de la obra, bajo el nombre cacofónico de Martin Ilacomylus, teniendo buen cuidado de ponerse bajo la protección del emperador Divo Maximiliano Cesari. He aquí el primer ejemplo, después de la invención de la imprenta, del robo de los trabajos agenos, tan frecuentemente repetido después. Lo notable de este caso, es el haber sido un inferior, un empleado subalterno quien se atribuyó la mayor parte, así intelectual como material. Ordinariamente sucede lo contrario; un jefe, un sabio renombrado, se hace ayudar por colaboradores, y sin el menor empacho se apropia sus trabajos, contentándose, en cambio de la ayuda que le han prestado, con nombrarlos, ya en la introducción, ya en el prefacio; y á las veces del todo no les nombra.

Pero aquí, el director de una imprenta,[36] se arroga, de su propia autoridad, el derecho de poner su nombre, como si él fuese el solo autor de la obra—Vanidoso hasta el exceso, jactancioso, pretensioso, ambicioso de renombre, Waltzemüller ejecutó un triste papel en esta primera producción tipográfica de Saint Dié. “Hombre oscuro,” habría hecho mejor de quedarse en la oscuridad. Se creyó suficiente para asimilarse y “digerir” los trabajos geográficos del Gimnasio vosgense. Como detentador de los manuscritos de esta Sociedad, compaginador y arreglador de los materiales que se le habían confiado, se le dejó atribuirse todo el mérito que podía sacarse.

Yo no puedo participar de la generosa indignación de mi sabio amigo el difunto d’Avezac, que acusa á los miembros de la Sociedad de haber “despojado á Waltzemüller, sin la menor vergüenza, si no de la paternidad misma de su obra, al menos de las señales exteriores que contienen su pública afirmación.”[37] Hablando de lo que él llama la edición original, que en realidad no es más que una primera tirada muy corta, d’Avezac agrega:—“Esta edición original fué pérfidamente capada (palabra dura, pero muy gálica) y rehecha de suerte que desapareciese de las primeras fojas toda mención del nombre del autor, sin dejar trazas que acusasen esta odiosa mutilación.”[38]

D’Avezac fué demasiado lejos, y está completamente equivocado; mas al presentar excusas, muestra claramente, que, para él también, Waltzemüller no es más que un simple auxiliar, empleado á sueldo del canónigo Gualterio Lud. D’Avezac cambia los papeles: constitúyese defensor del espoliador y del pirata, contra sus víctimas indignamente burladas, y completamente despojadas. En realidad, los Lud no hicieron más que reemplazar las designaciones individuales de su director de imprenta (castigatore) hechas sin su aquiescencia, por el nombre colectivo de la Asociación, el Gimnasio vosgense (Gimnasium vosagense). Simple cuestión de justicia y de honradez literaria.