Aparte de esto, el examen, por rápido que sea, de esta pretendida carta de Vespucci á su padre,[66] comparada con la sola auténtica publicada en facsimile por el Gobierno español, en las Cartas de Indias, etc., (Madrid, 1878, in folio) muestra la falsedad de dicho documento; todos los caracteres son diferentes de los de la pieza auténtica: uno solo de ellos no se parece á éstos. La observación de que Vespucci escribió la una, á los veinticuatro, y la otra, á los cincuenta y seis años de edad, es enteramente inadmisible para explicar una diferencia caligráfica tan grande, que puede decirse absoluta. Es imposible que la misma mano haya jamás escrito esas dos cartas. Siendo la de 1508 de una autenticidad cierta, la otra ha debido ser fabricada. Por otra parte, la firma del nombre indígena latinizado Americus, constituye una imposibilidad material antes de 1507, imposibilidad desconocida á los falsarios.
El árbol genealógico construido por Bandini más de dos siglos después de la muerte de Vespucci, tiene el valor de todas las piezas de este género aplicadas á los hombres que llegan á ser célebres. Vespucci necesitó al menos un predecesor para el nombre Amerigo, y Bandini no faltó en arrimárselo, siendo, según él, su abuelo, á quien llamó S. Amerigo, mientras á su padre le dió el nombre de Ser Nastagio. Ser está allí por Servitore, como se encuentra en todos los ejemplares de la segunda carta de Vespucci á Soderini, al fin Servitore Amerigo Vespucci in Lisbona.
M. de Varnhagen, cuyas simpatías por Vespucci no pueden ponerse en duda, ha reconocido, en Florencia misma, la falsedad de otra carta atribuida á Vespucci y publicada por Bandini en 1745. Mira asimismo como falsas otras dos, publicadas por la vez primera, la una en 1789, por Bartolozzi, y la otra en 1827, por Baldelli.
Déjase ver por estos ejemplos cuán en guardia es preciso estar contra las publicaciones hechas en Florencia acerca de Vespucci, pues si el prenombre de Vespucci no se sujeta á una crítica minuciosa y de mucha exactitud, pudiera llegar á dudarse si Alberico, ó Amerigo es el verdadero.
La cuestión es de alguna importancia, como ha podido verse por lo que dejo dicho sobre los documentos impresos de 1504 á 1507, en los que se encuentran los nombres Alberico y Amerigo, sin respicencia á que su solución toque la parte vital é importante del origen del nombre América, que flota siempre entre la licencia poética de Jean Basin, y Amerrique, nombre de lugar del Nuevo Mundo. Esta solución implicará más ó menos el apoyo que Vespucci puede haber prestado, sin saberlo quizás, al bautismo de Saint Dié.
Las piezas que sirvieron á Bandini para establecer el nacimiento y filiación genealógica de Vespucci—si en realidad existen—debieron ser examinadas con el mayor cuidado, primero en orden á la lectura exacta de los prenombres, y en seguida desde el punto de vista de su autenticidad; sobre todo, era preciso asegurarse de que no habían sufrido alteraciones ni mutilaciones.
En general, tratándose del prenombre de Vespucci, la lectura aun de documentos impresos, ha adolecido de mucha inexactitud; y no se ha pensado en deletrear letra por letra. El mismo d’Avezac, tan exacto en sus citas de los cambios de letras y errores de los primeros cuadernos impresos en Saint Dié y Strasburgo, tradujo dos veces el nombre Albericus por Americ, en lugar de Albert ó Alberic, á la página 91 de su Martin Hylacomylus Waltzemüller.
Humboldt es quien mayor corrección ha observado en la ortografía de aquel nombre, que siempre tuvo cuidado de escribir con todas sus letras, según se encuentran en los documentos impresos ó citados en publicaciones. Sin embargo, cuando habla de Vespucci no vacila en llamarle Americ, y nunca Alberic ó Albert.
Cuantos conocen la Italia y la España, saben que es absolutamente imposible conseguir que un padre católico dé por nombre de pila, uno que no se halle en el calendario de los santos. Esto es lo mismo aun en Francia y Bélgica. Los empleados del registro civil en Francia, antes como ahora, han rehusado frecuentemente inscribir como prenombres, los que no son nombres de santos. En Italia, en la época de la omnipotencia de la Iglesia católica, la dificultad debe de haber sido aun mayor, y no se tiene noticia de excepción alguna de esta regla absoluta, salvo en los casos de los grandes nombres latinos, como César, Vespasiano, Mario, etc., ó en las designaciones numéricas para indicar el orden en la serie de los niños, como Quintino. Aun estos nombres no los acepta sino como ocultos entre otros muchos pertenecientes á santos, y de buena y legítima ortodogía.
Cómo creer, sin un documento de autenticidad indiscutible, exento de raspaduras y enmiendas, que nos sirviese de prueba, que un padre haya podido bautizar á Vespucci con el solo nombre de Amerigo, sin acompañarle otros prenombres de santos bien conocidos y de ortodogía nada sospechosa, cuando su padre y su madre mismos estaban bajo la advocación de Anastasio y Elizabet?