2.º La gran cuenca del mar Indico y Pacífico.»

No puede darse el nombre de cuenca al círculo indeterminado del enorme Océano Austral, que ni tiene límite ni playa, que sólo hacia el Norte rodea el mar de la India, el mar de Coral y el Pacífico.

El Océano Austral por sí solo, es mayor que todos los mares juntos, pues cubre casi la mitad de la superficie del globo. Según toda apariencia, su profundidad corre parejas con su extensión. Mientras los recientes sondeos del Atlántico indican 10 ó 12.000 pies, Ross y Denham hallaron en el Océano Austral 14.000, 27.000 y hasta 46.000 pies. Añadid á todo esto la masa de hielos antárticos, infinitamente más dilatados que nuestros hielos boreales. No se apartará uno mucho de la verdad, si, simplificando, dice: El hemisferio Austral es el mundo de las aguas, y el Boreal el de la tierra.


Todo el que parte de Europa para atravesar el Atlántico, habiendo salido sin contratiempo de nuestros puertos, cerrados con harta frecuencia por el viento Oeste, después de haber franqueado la zona variable de nuestros mares inconstantes, no tarda en penetrar en la del buen tiempo, á la eterna serenidad que los vientos de Noroeste, los suaves vientos alisios, dan al mar y la tierra. Todo sonríe: no hay motivo para inquietarse. Mas, al avanzar hacia la Línea, cesa la brisa vivificadora y el aire se vuelve sofocante. Se penetra en la zona de las calmas que dominan bajo el Ecuador y separan inmutablemente los alisios de nuestro hemisferio Boreal de los alisios del hemisferio Sur. El cielo está cubierto de pesadas nubes; á cada momento llueve á mares. El corazón se entristece, nos quejamos; mas, sin ese sombrío cortinaje, ¿podrían resistir nuestras cabezas los ardores solares del Atlántico? Sin el diluvio de agua que asalta la otra cara del globo, el mar Indico y el mar de Coral, ¿sería posible resistir la fermentación producida por los cráteres de sus encanecidos volcanes? Esa negra masa de nubes, antes terror, barrera de los navegantes, esa noche súbita que se extiende sobre las aguas, es precisamente la salvación, la facilidad protectora que suaviza nuestro viaje, y nos conduce como por la mano á disfrutar del espléndido sol, del claro cielo del Sur, de la dulzura de los vientos regulares.

Naturalmente el calor de la Línea eleva el agua en vapores, formando esa sombría faja.

El observador que desde otro planeta contemplara el nuestro, vería cernerse sobre él un anillo de nubes con corta diferencia como observamos nosotros el de Saturno. Y si tratara de indagar su uso, podría contestársele: Es el regulador que, absorbiendo y devolviendo á su vez, equilibra la evaporación, la precipitación de las aguas, distribuye las lluvias y el rocío, modifica el calor de cada comarca, canjea los vapores de ambos mundos, pide prestado al mundo Austral los materiales para formar los riachuelos y grandes corrientes de agua de nuestro mundo Boreal. Solidaridad maravillosa. La América del Sur con sus imponentes selvas, por medio de su respiración condensada en nubes, empapa fraternalmente las flores y los frutos de Europa. El aire que nos renueva es el tributo que un centenar de islas del Asia, que la poderosa flora de Java ó de Ceilán exhaló y confió al gran mensajero de las nubes que da vueltas con la tierra y le vierte la vida.


Colocaos (hablo en espíritu) sobre una de las islas volcánicas que en tanto número ofrece el mar Pacífico y mirad hacia el Sur. Detrás de la Nueva Holanda veréis el Océano Austral sitiar con una onda circular las dos puntas extremas del antiguo y nuevo continentes. Nada de tierra en el mundo antártico, ó de islitas, ó de pretendidas tierras polares que tan pronto son indicadas por los descubridores como han desaparecido, no siendo tal vez más que hielos. Aguas sin fin, siempre aguas.

Del mismo observatorio do os he colocado, en contraste con el círculo de las aguas antárticas podéis ver hacia el Este, hacia el hemisferio Artico, lo que Ritter llama «el círculo de fuego.» Para hablar con más propiedad, es un anillo suelto, una cadena floja que forman los volcanes, primeramente en las cordilleras, luego en las alturas del Asia, y por último en esos innumerables grupos de islas basálticas que hormiguean por todo el Océano Oriental. Los primeros volcanes, los de América, ofrecen en una longitud de mil leguas, una sucesión de sesenta faros gigantescos, cuyas continuadas erupciones dominan la costa abrupta y las lejanas aguas. Los otros, desde la Nueva Zelandia hasta el norte de las Filipinas, cuentan ochenta que arden y un gran número apagados. Si fijamos la vista hacia el Norte (desde el Japón hasta Kamtschatka), cincuenta relucientes cráteres alumbran hasta de las islas Aleutianas, y los sombríos mares Articos (Leopoldo de Buch, Ritter, Humboldt). Total, trescientos volcanes en actividad que dominan circularmente el mundo oriental.