Añadid un hecho culminante, revelado de pocos años acá. Mientras la tierra nos ofrece tales ó cuales rasgos que parecen discordantes (ejemplo, el Nuevo Mundo extendiéndose de Norte á Sur y el antiguo de Este á Oeste), el mar, por el contrario, presenta notable armonía, exacta correspondencia entre ambos hemisferios. En la parte flúida que se ha tenido siempre por tan caprichosa, es donde existe la regularidad. Lo que nuestro globo tiene de más ordenado, de más simétrico, es al parecer lo más libre, el juego de la circulación. La osamenta y las vértebras del grande animal presentan las singularidades de que aún no podemos darnos exacta cuenta. Mas, su movimiento vital que produce las corrientes del mar, que convierte de salada en dulce el agua, no tardando en trocarse en vapor para volver al agua salada, ese admirable mecanismo es tan perfecto como el de la circulación sanguínea en los animales más nobles. Nada hay que se asemeje tanto á la transformación continuada de nuestra sangre, venosa y arterial.
El aspecto del globo es al parecer, mucho más comprensible, si se clasifican las regiones, no por cordilleras, sino por cuencas marítimas.
El sur de España parécese más á Marruecos que á Navarra; la Provenza á la Argelia más que al Delfinado; la Senegambia á las regiones del Amazonas más que al mar Rojo; y el Amazonas tiene más analogía con las húmedas regiones del Africa que con sus vecinas del dorso, Chile, el Perú, etc.
La simetría del Atlántico es aún más notable en las corrientes submarinas, en los vientos y brisas de la superficie. Su acción ayuda poderosamente á crear esas analogías y á formar lo que puede apellidarse la fraternidad de las playas.
El principio de unidad geográfica, el elemento clasificador, será buscado más cada día en la cuenca marítima, donde las aguas, los vientos, mensajeros fieles, crean la relación, la asimilación de las opuestas orillas. Pediráse más raramente esa idea de unidad geográfica á las montañas, cuyas dos vertientes, á menudo en contradicción, nos ofrecen bajo una misma latitud floras y pueblos completamente distintos; aquí el invariable estío, á dos pasos el eterno invierno, según las situaciones. Raras veces da la montaña la unidad de la comarca, pero sí suele dar su dualidad, su divorcio y sus discordancias.
Esta opinión no es mía, sino de Bory de Saint-Vincent. Los recientes descubrimientos de Maury y las leyes que ha establecido la confirman de mil maneras.
En el inmenso valle del mar, bajo la doble montaña de ambos continentes, propiamente hablando no existen más que dos cuencas.
«1.º La cuenca del Atlántico.