La del Mediterráneo, circular casi, tiene su nota más elevada en el seco y penetrante clima de la Provenza y de Génova; dulcifícase hacia Pisa; se equilibra en Sicilia, mientras que en Argel obtiene un grado notable de fijeza. De retorno, gran suavidad en Valencia y Mallorca, y en los puertezuelos del Rosellón, tan bien abrigados por el Norte.


Dos caracteres hacen agradable el Mediterráneo sobre todas las cosas: su plan tan armónico y la vivacidad, la transparencia de la atmósfera y de la luz. Es aquél un mar azul muy amargo, saladísimo; perdiendo por la evaporación tres veces más de agua que la que le traen los ríos. Sólo sería sal y convertiríase en tan acre como el Mar Muerto, si corrientes inferiores, tales como la de Gibraltar, no lo templaran incesantemente por medio de las aguas del Océano.

Cuanto he visto de sus playas era magnífico, mas un tanto áspero. Nada vulgar. La traza de los fuegos subterráneos que se descubre por todos lados, sus sombrías rocas plutonianas, jamás fatigan, cual sucede con las interminables dunas de arena ó los sedimentos acuosos de las costas bravas. Y si los famosos naranjales parecen un tanto monótonos, en cambio los abrigados recodos do domina la vegetación africana, áloes y cactos, los campos de setos exquisitos sembrados de mirto y de jazmín, por último, las odoríferas landas agrestemente perfumadas, causan vuestra admiración. Verdad es que las más de las veces se ciernen sobre vuestra cabeza calvas y estériles montañas: sus largos pies, sus vastas raíces que van continuando hasta el mar, refléjanse en el fondo de las aguas. «Parecíame que mi barquilla—dice un viajero,—nadaba entre dos atmósferas, como si estuviese impelida por el aire arriba y abajo.» Y prosigue describiendo el mundo variado de plantas y de animales que contemplaba bajo ese cristal en las costas de Sicilia. Menos afortunado yo que él, paseándome por el mar de Génova sobre un agua tan transparente como la descrita, sólo veía el desierto. Las enjutas rocas volcánicas de la playa, de mármol negro ó color blanco todavía más lúgubre, me representaban en el fondo del brillante espejo monumentos naturales, especie de sarcófagos antiguos, iglesias en ruinas. A veces figurábame distinguir ciertas reproducciones de las catedrales de Florencia ó de Pisa; otras, creía ver silenciosas esfinges ó monstruos innominados, ¿acaso ballenas? ¿elefantes? lo ignoro: quimeras de mi fantasía, sí, y sueños extraños. Nada de realidades.

Ese mar, tal como es, con sus climas poderosos, templa admirablemente al hombre, dándole la fuerza seca, la más resistente, y formando las razas más sólidas. Nuestros hércules del Norte son tal vez más fuertes, empero indudablemente no tan robustos ni aclimatables como el marino provenzal, el catalán, el de Génova, el de Calabria, el de Grecia. Estos, curtidos y bronceados, pasan, al estado de metal: rico color que de ningún modo es un accidente de la epidermis, sino una inhibición profunda de sol y de vida. Un discreto médico, amigo mío, mandaba á sus clientes descoloridos de París, de Lyon, á aquellas costas á tomar baños de sol, y él mismo lo desafiaba hora tras hora sobre una roca, no resguardando más que la cabeza; lo restante de su cuerpo adquiría un bello matiz africano.

Los enfermos de veras dirigíanse á Sicilia, Argel, Madera y las Canarias; empero la regeneración de los débiles, de los fatigados, de los descoloridos habitantes urbanos, se efectuará tal vez mejor en los climas más desiguales. Debe esperarse en primer término de los países que han dado al Universo los más altos ejemplos de energía—el acero del género humano, la Grecia,—y la raza de sílex, fina, ejercitada, indestructible, de los Colón y los Doria, los Massena y los Garibaldi.


Nuestros puertos del extremo Norte, Dunkerque, Boulogne, Dieppe, azotados por los vientos y corrientes de la Mancha, son también una fábrica de hombres que los hace y rehace. Aquel gran soplo y aquel gran mar, en su eterno combate, basta para resucitar á los muertos: y en efecto, allí se operan renacimientos inesperados. El que no tiene lesión grave se recobra en un instante. Toda la máquina humana funciona con fuerza de buen ó mal grado; digiere, respira. La Naturaleza es exigente y sabe el medio de hacerla andar. Los robustos vegetales que forman una sábana de verdura bajo el influjo de los más fuertes ventarrones marinos, nos hacen asomar la vergüenza al rostro cuando los comparamos con nuestra languidez. Cada puertezuelo normando es un agujero de la costa brava por el que se introduce el infatigable Noroeste (el Norouais en buen normando), silbando y haciéndonos revivir. Por supuesto, que no sopla con tanta violencia á la embocadura del Sena, á la sombra de los bosques de manzanos de Honfleur y de Trouville. Al partir el manso río, se desliza suavemente á la izquierda, trayendo el influjo de su carácter agradable y pacífico.

Hase descrito en otro sitio de esta obra el mar vehemente, con terrible frecuencia, de Granville, Saint-Malo, Cancale. Aquella es la mejor escuela para la gente joven. Allí está el reto del mar al hombre, la lucha en que los fuertes conviértense en fortísimos. La grande gimnasia naval ha de verificarse en esos parajes entre normandos y bretones.