La tierra es su médico; cada clima un remedio. La medicina será más y más cada día una emigración.

Pero, emigración previsora. Obraráse para el porvenir; no se permanecerá inerte, cobijando males incurables, sino que se les prevendrá por medio de la educación, la higiene y en especial los viajes—no rápidos y disparatados, perjudiciales, como los que se hacen ahora, sino hábilmente calculados, para aprovecharse de los auxilios, de las poderosas vivificaciones que por todas partes tiene en conserva la Naturaleza.

La fuente de la juventud del porvenir encontraráse en estas dos cosas: la ciencia de la emigración y el arte de aclimatarse. Hasta el presente, el hombre es un cautivo como la ostra sobre su roca. Si emigra algunos pasos más allá de su zona templada, sólo encuentra la muerte. No será libre y hombre en toda la acepción de la palabra, hasta que ese arte especial lo constituya en verdadero habitante de su planeta.

Corto número de enfermedades se curan en circunstancias y lugares donde han nacido y adquirido su desarrollo, dependiendo de ciertos hábitos que aquellos sitios perpetúan y hacen invencibles. No hay reforma (física ó moral) para aquel que se mantiene obstinadamente en su pecado original.

La medicina, iluminada por todas las ciencias auxiliares, logrará darnos métodos, direcciones para conducirnos con prudencia á esa nueva ruta. Importa sobre todo, ahorrar las transiciones. ¿Se puede acaso, sin prepararse, sin modificar algún tanto la costumbre, el régimen de vida, trasladarse de un clima central (París, Lyon, Dijon, Strasburgo) á un clima marítimo? ¿Es dado, sin haber respirado por mucho tiempo los aires de la costa, empezar á tomar baños de mar? ¿Puédese, sin poseer algún hábito de prudente hidroterapia, comenzando en el interior, ir á desafiar al aire libre, la constricción nerviosa, la horripilación de una agua fría que lleva uno encima á su regreso y á menudo en medio de un fuerte vendaval? Estas cuestiones previas, llamarán más y más cada día la atención de los iniciados en la ciencia de curar.

La extrema rapidez de los viajes por ferrocarril es cosa antimedical. Ir, como se hace, en veinte horas de París al Mediterráneo, atravesando un clima tan diverso cada sesenta minutos, es el colmo de la imprudencia para una persona nerviosa. Llega ésta ebria á Marsella; agitadísima, poseída del vértigo.—Cuando madame de Sevigné empleaba un mes en ir de la Bretaña á la Provenza, salvaba paso á paso y por grados, la violenta oposición de estos dos climas, pasando insensiblemente de la zona marítima del Oeste á la del Este, en el clima exclusivamente terrestre de la Borgoña. Luego, caminando con paso lento por las alturas del Ródano en el Delfinado, afrontaba con menos trabajo la región de los fuertes vientos, Valence y Aviñon. Finalmente, descansando en Aix (Provenza interior), lejos del Ródano y de las costas, acostumbraba su pecho y su respiración al clima provenzal: y entonces, sólo entonces, aproximábase al mar.


Francia tiene la admirable ventaja de verse bañada por los dos mares. De ahí la facilidad de alternar según las estaciones, los temperamentos, los grados de la enfermedad, entre la tonicidad salada del Mediterráneo y la tonicidad más húmeda, más suave (salvas las tempestades), que nos ofrece el Océano.

En cada uno de estos dos mares hay una escala graduada de estaciones, más ó menos blandas, más ó menos fortificantes. Es muy interesante observar esa doble gama, y á menudo el seguirla, yendo del tono más débil al más fuerte.

La del Océano, que parte de las aguas fuertes y fortificantes, venteadas, agitadas, de la Mancha, se dulcifica en extremo al Mediodía de la Bretaña, humanizándose todavía más en Gironde, y es muy apacible en la cerrada concha de Arcachón.