Así que, la ciencia pudo decir á todos: «Acudid, pueblos, acudid, agobiados trabajadores, acudid, jóvenes mujeres de fuerzas agotadas, criaturas castigadas con los vicios de vuestros padres; acércate, macilenta humanidad, y díme francamente, á presencia del mar, lo que necesitas para reanimarte. Ese principio reparador, sea cual fuere, el mar lo posee.»

La base universal de vida, el mucus embrionario, la viviente gelatina animal de donde nació y renace el hombre, donde tomó y toma sin cesar la jugosa consistencia de su ser, ese tesoro, enciérralo el mar hasta tal punto que es su propia vida. Con él fabrica, satura sus vegetales, sus animales, prodigándoselo ampliamente. Su generosidad hace burla á la mezquindad de la tierra. Ya que dan con tanta abundancia, sabed si quiera recoger sus dones. Su riqueza alimenticia va á amamantaros por torrentes.

«Más—dicen aquéllos;—precisamente carecemos nosotros de lo que constituye el sostén y como la armazón del hombre. Nuestra osamenta se dobla, se encorva, se comprime, gracias al harto débil alimento que sólo sirve para engañar el hambre. Se pone blanda, vacila.» Perfectamente: el calizo que les falta abunda de tal suerte en el mar, que cubre todas sus conchas y madréporas constructoras, hasta formar continentes. Sus peces, la hacen viajar por bancos y por flotas inmensas, tan inmensas, que desparramado por las costas ese rico alimento, sirve de abono.

Y usted, joven enfermiza que, sin ánimo para quejarse, se encamina hacia el sepulcro (¿quién no lo ve?) derritiéndose, yéndose á pique por sus propios pasos; ahí tiene usted (en el mar) la triple potencia tónica, la saludable tonicidad que afirma todo tejido viviente. Tiénela diseminada en sus aguas yodadas á la superficie; se la encuentra en su varech, que, sin cesar, se impregna de ella; la hay animalizada, en su más fecunda tribu, los gades (abadejos, etc.). El abadejo y sus millones de huevas bastarían por sí solos para yodar toda la tierra.

¿Le hace á usted falta calor? El mar lo tiene, y el más perfecto de todos, ese calor insensible que despiden los cuerpos crasos, latente, pero tan poderoso, que si no era repartido, balanceado, equilibrado, derretiría todos los hielos, convirtiendo el polo en Ecuador.

La preciosa sangre roja, la sangre caliente, es el triunfo del mar. Por ella ha animado y armado incomparable fuerza á sus gigantes, tan por encima de toda creación terrestre. Y si fabricó ese elemento, bien puede, en obsequio suyo, fabricarlo nuevamente, hacer adquirir á usted un tinte rosado, reanimarla, pobre flor marchita, descolorida. Ella rebosa, sobreabunda de lo que tanta falta hace á usted. En los hijos del mar la sangre misma es otro mar, que, al primer impulso corre y humea, purpureando á gran distancia el Océano.

He aquí revelado el misterio. Todos los principios que en ti están unidos, esa gran persona impersonal los ha dividido. Ella posee tus huesos, tu sangre, tu savia y tu calor representado cada uno de esos elementos por tal ó cual de sus hijos.

Y ella tiene lo que á ti te falta, la demasiada plenitud y el exceso de fuerza. Su aliento produce no sé qué alegría, actividad, espíritu creador, lo que podríamos llamar heroísmo físico. Y á pesar de su violencia, la gran generadora no derrama por esto en menor grado la agreste alegría, la jovialidad viva y fecunda, la llama de amor salvaje que palpita en su seno.

II

Elección de playa.