Las poblaciones de las costas que sustenta el mar, eran más simpáticas para el inglés. Su instinto presagiábale en ellas una gran potencia de vida, teniendo en primer término, en su favor, su virtud purgativa. Aquellos habitantes no habían dejado de observar que esa purgación ayudaba á neutralizar los males de la época, las escrófulas y las llagas que son su consecuencia; al paso que su amargor parecíales un excelente antídoto contra las lombrices que atormentan á los niños. También comían sin ningún escrúpulo las algas y ciertos pólipos (Haleyonia), adivinando el yodo que contienen y su potencia constrictiva para sanar y consolidar los tejidos. Esas recetas populares llegaron á noticia y fueron recogidas por Russell, abriéndole el camino y ayudándole grandemente á contestar á la grave pregunta que le dirigía el Duque de Newcastle. De su respuesta, hizo un libro importante y curioso titulado: Tabe glandulari, seu de usu aquæ marinæ, 1750.

En él se encuentra la siguiente ingeniosa sentencia: «No se trata de curar, sino de rehacer y crear.»

Russell se propone un milagro, pero un milagro hacedero: fabricar carnes, crear tejidos. De suerte que trabaja preferentemente sobre la criatura, que, aunque comprometida desde el vientre de su madre, todavía puede ser rehecha.

Era el momento en que Bakewell acababa de inventar la carne. Las bestias que hasta entonces puede decirse sólo sirvieran para producir leche, iban á dar en lo sucesivo más generoso alimento. El insípido régimen lácteo, debía ser abandonado por aquellos que se lanzaban en acción cada día más.

Por su lado Russell, con gran oportunidad, inventó el mar por medio de su librito, quiero decir, le puso en boga.

El todo se resume en cuatro palabras; mas, esas palabras, son á la vez un sistema médico y de educación: 1.º Débese beber el agua del mar, bañarse en él y comer cuanto produce que tenga concentrada su virtud: 2.º Los niños no deben ir muy abrigados, y tenerlos siempre en contacto con el aire.—Aire, agua, y nada más.

El último consejo es bien atrevido. Mantener á la criatura casi desnuda, bajo un clima húmedo y variable, era resignarse anticipadamente al sacrificio de los débiles. Sobrevivieron los fuertes, y perpetuada la raza sólo por éstos, rehízose más y mejor. Añadid á esto, que los negocios, el movimiento, la navegación, arrancando al niño de las escuelas y emancipándolo temprano, lo libró de la educación sedentaria y de la vida de estropeado, que reservó la Inglaterra únicamente para los hijos de sus lores, para los nobles educandos de Oxford y de Cambridge.


En su libro ingenioso, en que brilla el instinto popular, Russell estaba muy distante de adivinar que dentro de un siglo todas las ciencias se mancomunarían para darle la razón, y que, revelando cada una de ellas alguna nueva faz del asunto, descubriríase en el mar un tratado completo de la terapéutica.

Los más preciosos elementos de la animalidad terrestre se encuentran superabundantemente en el mar, enteros é invariables, salubres, vivos, en depósito para rehacer la vida.